Según la cosmología atribuida a Menocchio -así llamaban al molinero- en El queso y los gusanos, el mundo había surgido de un caos del que nació “una masa, como se hace el queso con la leche, y en él se formaron gusanos, y éstos fueron los ángeles”. El molinero defendió esa idea ante los inquisidores y fue declarado culpable. La condena fue morir en la hoguera.
En el libro se relata la obcecada defensa que hace Menocchio de sus ideas frente a los inquisidores. Más allá de lo que se cuenta, lo importante es que Ginzburg se centró en la historia de un personaje desconocido, de la cultura popular, lejos de los hombres del poder, las batallas grandiosas o declaraciones de independencia. Por eso se le consideró el maestro de la “microhistoria”: a partir de un caso minúsculo, reconstruir estructural culturales amplias. Apostar por lo singular antes que por las grandes narrativas abstractas.
El caso de Menocchio lo había descubierto Ginzburg al revisar archivos para el que fue su primer libro, Los benandanti, publicado en 1966, sobre brujería y cultos agrarios en los siglos XVI y XVII.
Ginzburg no solo se ocupó de la gente común, sino también de los marginados, las brujas, las perseguidas, en lo que constituye una reflexión sobre las formas en que se ejerce el poder y el control social. Y eso está relacionado con la propia experiencia familiar durante el fascismo.
Su padre, Leone Ginzburg, militante judío antifascista nacido en Odesa, fue exiliado por el régimen de Benito Mussolini a los Abruzos, regresó después a Roma, fue detenido por la Gestapo, torturado por el régimen fascista y murió en prisión en 1944.
Leone Ginzburg había fundado con Giulio Einaudi la editorial Einaudi. Carlo fue criado por su madre, Natalia mientras ella desarrollaba su trabajo editorial y su carrera literaria, y también recibió la influencia de su abuelo materno Giuseppe Levi, un biólogo del que tres alumnos obtuvieron el Premio Nobel.
“Creo”, dijo Ginzburg en una entrevista concedida a El País, “que el terreno en el que se mueve, el de las sombras de lo más escondido por la historia, el de las culturas orales y los ritos agrarios, el de los silencios de Menocchio o la tergiversación que hace de sus lecturas, la reconstrucción misma de su biblioteca, es, por definición el terreno propio del historiador”.


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