21 de mayo de 2026

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Arsat, una historia dorada que se tiñó de gris

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Una década atrás, Arsat era motivo de orgullo. Durante 2014 y 2015, Argentina lanzaba sus propios satélites al espacio y ocupaba las órbitas que le correspondían para ofrecer servicio de telecomunicaciones en todo el territorio nacional. Un centro de datos y una red federal de fibra óptica completaban el escenario de una articulación virtuosa: los científicos ponían su conocimiento al servicio del país, diseñaban tecnologías que producían valor agregado y dinamizaban economías regionales, a partir de la creación de nuevas empresas que respondían a demandas tecnológicas emergentes. Sin embargo, ya pasó una década y los gobiernos que llegaron no potenciaron el proyecto, sino todo lo contrario. Una historia dorada que fue tiñéndose de gris y que, en medio de un presente incierto, apenas permite soñar con un futuro desteñido.

En diálogo con Página/12, Claudio Marín, secretario general del sindicato de las telecomunicaciones (Foetra), ensaya un diagnóstico: “Los satélites se agotan. El Arsat I y II que, originalmente, tenían una vida útil de 10 años, tendrán tres años más gracias a que los pibes se la fueron ingeniando para el ahorro de combustible en las maniobras durante el reacomodamiento de la órbita. Pero lo cierto es que cada vez les queda menos tiempo”.

Y continúa: “En relación al Arsat III, lo que hay que decir es que la plata está, porque proviene de créditos del Banco Interamericano de Desarrollo, pero no se está usando. Como no le pagaban a los proveedores, estos suspendieron la entrega de materiales. Ahora lo están queriendo normalizar, pero nunca se sabe”.

El Arsat III, luego renombrado Arsat SG-1, debía ser lanzado durante el macrismo, pero no ocurrió. Su fabricación está por la mitad y podría reiniciarse en el corto plazo, aunque la inestabilidad económica y política del país no permite realizar planes a futuro. Cuando la órbita no se ocupa, existe la chance de alquilar satélites para no tener que cederla y perder esa porción de soberanía. Esta es otra incógnita, pues si algo demostró la gestión libertaria es que no se preocupa mucho por cuestiones soberanas.

En busca del mejor negocio

Los Arsat son satélites geoestacionarios, es decir, a diferencia de los de observación –como los Saocom– están fijos en el espacio. Fueron lanzados para ofrecer diversos servicios, vinculados a la transmisión de datos, internet y televisión; así como para dar conectividad satelital a 200 mil hogares radicados en zonas rurales. La idea es buena, porque democratiza el acceso a la conectividad. La pregunta es, precisamente, por qué la empresa estatal podría interesarle al gobierno de Milei. Marín ofrece una respuesta: “Arsat en realidad no les interesa, a excepción de la órbita como espacio natural. Quizás sí les interese la Refefo y el data center. Desde el gobierno están viendo cómo hacer el mejor negocio, pero no le encuentran mucho la vuelta porque es complejo”.

La Refefo es la Red Federal de Fibra Óptica, que actualmente cuenta con 37.500 kilómetros; une a todo el país e incluye a Tierra del Fuego a partir de un cable submarino. Para tener referencia: hasta 2010, la fibra óptica en Argentina solo se extendía por el AMBA y las rutas 8 y 9. Con la construcción de la red se desarrollaron, aproximadamente, 1200 pymes encargadas de proveer servicios de internet. El centro de datos, por su parte, es una nube de autogestionada, basada en tecnología abierta, que opera desde 2015 y brinda servicios a más de 2 mil clientes privados y públicos.

Hoy muchos nodos se están desarmando, no se les paga a los proveedores y ni que hablar de sustitución de importaciones. Si no invertís, la red de fibra óptica se cae, envejece, pierde eficiencia; me refiero al modo en que circulan los datos”, apunta Marín. El gobierno, en algún momento, había manifestado la intención de tercerizar el mantenimiento de la red, pero tampoco hubo avances en este sentido.

Asimismo, los salarios de los profesionales que componen Arsat corren la misma suerte que los de toda la administración pública, aunque, según Marín, con una salvedad: “Los salarios son de un millón y medio, cuando deberían ganar cuatro palos. Es nada. A diferencia de todo el Estado (que fueron obteniendo correcciones por debajo del Índice de Precios al Consumidor) desde marzo, en Arsat tenemos el sueldo congelado. Se perdió más de la mitad del poder adquisitivo”. Ante esta situación, se estima el 25 por ciento de los trabajadores se fue en busca de otras oportunidades.

El próximo martes, Foetra realizará en su sede de CABA una jornada de debate público con motivo de un nuevo aniversario de Arsat. Desde la Federación tratan de impulsar proyectos legislativos que apuestan a la federalización de la empresa. “En el presente, el 100 por ciento de las acciones corresponden a Jefatura de Gabinete. Son acciones A, ya que nunca se emitieron ni B ni C. La propuesta es dejar el 51 por ciento en control del Estado nacional, y emitir B y C, para que un 25 por ciento corresponda a inversores y un 24 por ciento se distribuya entre las provincias. Los gobernadores, por tanto, podrían poner miembros del directorio”, detalla Marín.

La premisa es que, aunque la empresa tiene una visión federal, ello no se expresa en su directorio, ni en el proceso de toma de decisiones. La voz de los territorios afectados no está representada. Federalizar también es democratizar.

¡Barriletes cósmicos!

Arsat también es el recuerdo fresco del relato de Víctor Hugo Morales y los comentarios de Adrián Paenza que, por aquel entonces, durante los lanzamientos, rememoraban las mejores épocas maradonianas. Argentina tocaba el cielo de nuevo, pero esta vez por la genialidad de sus científicos y tecnólogos.

Diego Hurtado, físico, historiador de la ciencia e intelectual del campo, rememora: “En 2014, haber puesto en órbita Arsat I y un año después a Arsat II implicó un salto de complejización tecnológica muy grande. A diferencia de los satélites de observación que van en órbitas que están a 400 o 500 kilómetros, los geoestacionarios van a 36 mil kilómetros. Las exigencias físicas a las que están sometidos unos y otros tipos son muy distintas y permiten pensar en un salto”. En el camino, enumera Hurtado, se creó el Centro de Ensayos de Alta Tecnología (Ceatsa), un proyecto conjunto entre INVAP y Arsat, con el objetivo de que las pruebas y evaluaciones de los satélites se hicieran en territorio nacional (no en Brasil, por ejemplo) y se ahorrará mucho dinero. 

“Con Arsat II y la puesta en órbita de un segundo satélite geoestacionario, evidentemente, uno podía advertir que algo estaba pasando. Ocupó la segunda posición orbital, una posición que Argentina tuvo que proteger durante mucho tiempo, porque el menemismo había puesto a las telecomunicaciones en manos de inversión extranjera”, destaca el exsecretario de Planeamiento y Política del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Nación.

Ocupar una posición orbital es ejercer soberanía extendida al espacio. No se trata de un concepto, sino de algo que se traduce en términos materiales. Si se ejerce ese lugar asignado al país, es posible, por ejemplo, desplegar una agenda internacional en el negocio de las telecomunicaciones. Las empresas nacionales, a partir de ahí, pueden planificar un crecimiento con alto valor agregado.

Apenas dos meses después de la puesta en órbita de Arsat II, el Congreso sancionó la Ley 27.208, que incluye el Plan Satelital Geoestacionario Argentino. “La trayectoria deslumbrante del sector satelital entre 2006 y 2015 permitió a Argentina generar un conglomerado de pymes nacionales alrededor de la empresa Invap y de Arsat, y el nacimiento de un nuevo sector dinámico dentro de la economía argentina”, dice Hurtado.

En términos concretos, fueron más de 100 las pequeñas y medianas empresas que se crearon por aquel entonces y que contribuían a una industria espacial de telecomunicaciones más robusta. En torno a ello, como se necesitaba de recursos humanos calificados, las universidades nacionales crearon carreras de grado y posgrado con el objetivo de formar profesionales que pudieran responder a la demanda. Lo que se llama un auténtico círculo virtuoso.

En el fondo, los modelos de desarrollo

La mirada, de hecho, iba más allá: de acuerdo al plan, entre 2015 y 2035, el país debía colocar ocho satélites geoestacionarios. Con el cambio de gobierno, sin embargo, las aspiraciones también cambiaron, porque con Macri, el Arsat III, que debía ponerse en órbita entre 2018 y 2019, no corrió la misma suerte.

“Se ve claramente cómo aparece la geopolítica. Los gobiernos de derecha apuestan al subdesarrollo. El macrismo bloqueó la posibilidad de que Argentina, en ese momento, despegara. Luego, con la indecisión del gobierno de Alberto Fernández mediante, el actual mandato de Milei no solo buscó frenar todo, sino también revertir una política que había sido virtuosa”, sentencia Hurtado.

Marín también lo piensa en términos de modelos de país: en el fondo, la consigna parece funcionar como un prisma para comprender las políticas. “En telecomunicaciones, uno puede adoptar diferentes estrategias. Una cosa es apostar al desarrollo, sustituir importaciones, promocionar mercados regionales; pero si no te interesa nada de eso, Arsat no sirve para nada. Te alcanza con algunos Starlink y listo. Lo mismo puede aplicarse para el data center y la Red Federal de Fibra Óptica: son proyectos que adquieren sentido en la medida en que la nación apuesta al desarrollo”. 

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