¿Es más difícil conseguir un trabajo y mejorar el nivel de vida personal ahora que hace setenta u ochenta años? Esa pregunta nos atraviesa como sociedad. Están los que creen que la lógica del trabajo duro y la perseverancia se perdieron. Están los que aseguran que hoy -quienes pueden- se dedican ya no full time sino full life a sus oficios y profesiones. Y quizás, paradójicamente, ambos tengan razón.
Cuando uno toma el ejemplo de los cartoneros (“recicladores urbanos”) se maravilla por el tesón que implica salir a revolver la basura o juntar plásticos, metales o cartones. No es una tarea agradable y con calor o frío están allí. ¿Tiene esa gente poca ética del trabajo? No me parece. ¿Pueden progresar sin una mayor formación con su magro ingreso? Tampoco. Ahí hay algo estructural: una parte de la población quedó marginada en condiciones de vida impensables. ¿Había pobreza en otros tiempos? Pues, claro, pero el trabajo permitía ir escalando poco a poco. Hoy, la informalidad y la falta de contratos a largo plazo -de palabra o firmados- dan poca vida a esa opción.
A la vez, ¿hay gente que se aprovecha del sistema, de ausencias no necesarias, de hacer todo con la menor energía posible? Lo vemos a diarios, a veces en el Estado, sí, pero también en empresas de servicios privadas donde los protocolos están pensados para echarte flit. Y existe mala organización que perjudica a todos. Por ejemplo, algunos hospitales públicos prestan atención de muy buena calidad pero llegar a tener una cita -la accesibilidad debiera ser un valor importante- depende del azar y de la burocracia. Se trabaja, pero se trabaja mal.
¿Cómo pensar soluciones? Estoy convencido de que las crisis sucesivas dejaron a tanta gente fuera del sistema que hace falta una política explícita, con asistentes sociales, que vayan -de a poco- ayudando a cada uno. ¿Quiere trabajo? Empecemos por ir a una escuela de oficios. Si va todos los días y no falta, tendrá una ayuda. Y esa persona conseguirá un mejor empleo. Y así. Salir de situaciones de desintegración social como las que vivimos no alcanza con el tesón. Sirve, pero hay que ayudarlo.
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