24 de mayo de 2026

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Cumplió 100 años y le rinden homenaje como el graduado más longevo de su colegio: "Las ganas de saber más siempre están"

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Le gusta escribir poemas y recitarlos. Tiene una memoria envidiable, por eso Don Juan le da la bienvenida a Clarín así: «Ya no me puedo ofender si alguien dice que soy viejo/ Acabo de cumplir cien, si a Dios le pareció bien, también a mí, no me quejo/ Virtudes no tengo muchas, para qué voy a mentir/ Y aunque trato de seguir andando el camino recto, son demasiados defectos los que debo corregir/No voy a prometer nada, ya no hay tiempo, y mi cabeza ya no da para promesas/ ¡Las veces que no he cumplido! En cambio otra vez les pido: recen por mí, los que rezan».

Don Juan, como lo llaman en el barrio, es el dueño de casa y, junto a su hija Mariana y su sobrina Marta, recibe al fotógrafo y a este periodista en su hogar de la calle Campana, en Floresta. Tiene 100 años recién cumplidos y su documento suena cortito y contundente Juan Arida. «No es esdrújula, por favor le pido, y tampoco tengo segundo nombre», aclara de entrada el hombre de ascendencia libanesa que está atravesando emociones fuertes como hacía mucho no experimentaba.

Es que la Congregación de los Misioneros Libaneses Maronitas y el Colegio San Marón conmemoran este domingo, desde las 11, los 125 años de presencia institucional en la Argentina. El encuentro será en la Catedral San Marón (Paraguay 848) y la ceremonia estará presidida por el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Ignacio García Cuerva. Entre las actividades previstas se destaca el homenaje a Arida como el graduado más longevo del colegio.

«Para mí, la distinción me la dan porque lo único que hice bien fue llegar a viejo lo más lejos que se puede… y no morirme«, echa a rodar su sentido del humor. Y pone a prueba al cronista: «¿Usted sabe cuál es la condición imprescindible para llegar a los 100 años?». Ante la negativa, arremete: «Haber cumplido 99». Disfruta Juan de su chispa.

Tuvo una vida intensa Don Juan y las letras estuvieron siempre rodeándolo… incluso hasta la actualidad. El 3 de abril cumplió un siglo y se autodedicó el poema «Llegué a los cien» con el que recibió a este diario. Dice que la escritura «en cualquiera de sus formatos» es una compañera de fierro y con la que se siente seguro. «Ahora me acompañan los crucigramas y los autodefinidos que son mis amigos vespertinos, pero siempre me gustó escribir, me hizo bien y tuve facilidad gracias a tanta lectura», discurre, mientras estira una mano y alcanza un libro de poemas suyo, que publicó cuando cumplió noventa.

"Los libros siempre fueron mis fieles compañeros", remarca Don Juan. Foto: Ariel Grinberg.

En el PH de Floresta los libros, encuadernaciones, anotadores y recortes de diario dominan el living y una sala del primer piso. Hay enciclopedias, libracos de mil páginas y no sería descabellado encontrar algún incunable. «Todo está leído y estudiado. Eso me ayudó a poder escribir de lo que sea», desliza Juan, que se expresa fluido y no se le escapan detalles, salvo cuando se baja la voz, ahí pierde el hilo. Hija y sobrina están a disposición y le alcanzan un cuaderno con sus notas de la sección «Cartas de Aniversario», que se publicaba en la contratapa de Clarín.

«Disneylandia, 15 de diciembre de 1969. Si las cartas llevaran título, a ésta yo le pondría ‘Tres años sin papá’. Porque hoy, hace tres años, te habrás dado cuenta ya, que Walt Disney nos dejó huérfanos». Juan está leyendo su artículo bautizado «Hoy escribe el Pato Donald». Al ver el interés de su interlocutor, prosigue animado: «No te ofendas, que no hay nada personal, lo que pasa es que nadie está de ánimo: el bueno de Mickey, asomado a la ventana desde que se levantó, Minnie no ha salido de la habitación, Pluto, de orejas caídas y el Lobo no ha querido probar bocado».

En la sección "Cartas Aniversario", de Clarín, publicó un imaginario texto del Pato Donald a su padre Walt Disney, publicado en diciembre de 1969.

«Recuerdo que era una de las secciones más leídas del diario por la calidad, creatividad e ingenio. Incluso fue premiada por las autoridades de Clarín«, interviene Carlos Francisco Hopital, viejo amigo periodista de Arida, que pasó un rato a visitarlo. Juan, en tanto, sigue hojeando y refrescando sus publicaciones amarillentas que invitan a zambullirse en ellas.

«Leele la del Martín Fierro», soplan y repite Mariana y Marta. «Son versos que hice yo, a modo de parodia, pero también con frases del Martín Fierro», hace un preámbulo y toma envión: «Aquí me pongo a escribir esta carta de cumpleaños, que si tanto gringo extraño, hasta ahora te escribió, también puedo hacerlo yo, que soy de tu mesmo paño. Esta carta es mi homenaje a un hombre que, como el Ande, sobresale entre los grandes de su tiempo y de hoy. ¡De pie, canejo, que estoy hablando de José Hernández!».

Durante cincuenta años Arida fue periodista y estuvo doce en Clarín, entre 1959 y 1971: «Apenas entré al diario me mandaron al archivo para foguearme y tenía que hacer un trabajo muy esquemático que no me encendía la llama… Al mes decidí escribir una carta y la dejé en el escritorio de Roberto Noble, fundador del diario. Una vez que la leyó me llamó sorprendido por lo bien que estaba escrita mi renuncia, que era respetuosa pero a la vez original. Me preguntó por qué estaba disconforme y a la semana siguiente me mandó a lo que podría ser Información General».

"Con los 100 años me llevo mejor de lo imaginado", reflexiona Arida. Foto: Ariel Grinberg

A pesar de la audición reducida y con movimientos involuntarios apenas perceptibles (padece temblor esencial), Juan dice ser una persona sana, que se controla la presión y no mucho más. «Hoy hice la plancha, ¿sabés cómo es? Apoyo los antebrazos en la mesada de la cocina, levanto las piernas y hago fuerza abdominal», explica. A un costado, hija y sobrina monitorean las respuestas y ayudan al patriarca familiar cuando aparece alguna laguna. «Hace dos años quedé viudo, después de estar sesenta casado con Cristina, la mujer más hermosa», agrega.

Se hace un silencio mientras él observa un retrato de la mujer, muy elegante. «Te cuento una intimidad: Me le declaré a mi mujer en el Tren Mitre, cuando la acompañé a su casa, en Martínez. La conocí en casa de Miguel Mugica, el hermano del Padre Mugica… Le dije lindas cosas, viste, yo manejaba las palabras y ella no lo dudó, a pesar de que tuvo que bajar de nivel…». Se le pregunta sobre eso de «bajar de nivel» y explica: «Ella era Cristina Raffo Benegas, de la alta sociedad, y bajó para aceptarme a mí, que no era nadie». Se escucha de fondo: «¡Dale, papá! ¿Qué estás diciendo?».

Arida intenta hacer ejercicios todos los días para fortalecer las piernas. "La cocina es como mi gimnasio".

A Cristina la sigue recordando sin sacarle la vista al retrato: «Se me murió durmiendo, tenía 90 años… Acá -señala a las mujeres- pensaban que pronto me tocaría a mí, no confiaban -cambia el tono, ahora jocoso-, pero me aferré a la fe y al amor de Dios, yo soy un católico práctico, viste… Y al quetejedi -levanta su índice apunta al techo- le recuerdo que estoy a disposición pero no tengo apuro», se ríe y busca complicidad: «Tampoco tengo miedo para nada, algún día tocará».

Divertido, irónico y muy sociable, Juan dice que necesita hacer cosas porque se aburre fácil. «Si no vienen las chicas, no salgo, me cuesta, porque yo camino con andador y el estado de las veredas no ayuda, pero cuando puedo tomo algo con amigos», cuenta el hombre que vive solo. Le gusta hablar y en el entusiasmo de anécdotas se mezclan temas, nombres y fechas. No importa. «Me siento joven, qué quiere que le diga… A esta altura del partido tengo voluntad y capacidad de aprendizaje. Las ganas de saber más siempre están», dice.

Juan recibió el primer premio por su columna sobre el Pato Donald de manos de la directora de Clarín, Ernestina Herrera de Noble.

Vuelve a sus primeros pasos en Clarín. «Al poco tiempo de salir del archivo, Noble me envió a cubrir el Festival de Cine de Mar del Plata. Más que por mis conocimientos sobre cine, lo que yo podía garantizar eran entrevistas mano a mano gracias a que hablo inglés, francés, italiano, portugués, árabe y hasta latín. Así estuve con la actriz y poetisa Emmanuelle Riva, un ícono de la Nouvelle Vague, después con el actor alemán Curd Jüngens y finalmente con la actriz italiana Elsa Martinelli», repasa con frescura y precisión. «Y al poco tiempo me mandaron un mes a Italia a buscar historias de interés general», añade. Noble lo consideraba entre sus primeras espadas del diario.

Hay una pausa y se acerca Hopitale, periodista treinta años menor, que construyó una férrea amistad con Juan en la redacción del semanario El Economista. Abraza a su amigo y desliza cerca del oído con audífono, y con ternura: «En la redacción te admirábamos por tu modo de escribir… natural, sin esfuerzo y rápido. Hoy se diría que entrabas en estado de flow, absorto por la tarea y ajeno al tiempo».

Arida junto a su mimada Olivetti modelo 1954, que compró en Génova. Foto: Ariel Grinberg

«Se sentaba frente a la máquina y quedaba enfocado -prosigue Hopitale-. Para mí fue un capo que supo dominar fondo y formas, temas y técnicas. Su opinión era muy valorada por los lectores, investigadores y colegas, mientras que su conocimiento de la historia mundial y el dominio de tantos idiomas, le facilitaron abrevar con ventaja en fuentes periodísticas y académicas del exterior. No sé cuál es la fuente de su vitalidad, quizás influya su religiosidad: sé que acepta la voluntad de Dios, es agradecido y practica el perdón».

Juan observa al amigo y le acaricia el cachete afectuosamente. «No quiero pecar de soberbio, pero yo fui en los años 1951 y 1952 el único traductor del L’Osservatore Romano, el diario del Vaticano, que tenía una edición semanal en la Argentina. ¿Cómo me acuerdo los años? Porque en 1953 me fui al Líbano, una tierra especial para mí, y me quedé dos años trabajando en el Consulado y Embajada argentinos en Beirut, donde pude además perfeccionar el idioma árabe», comenta.

Juan practicaba judo, natación y fútbol.

La conversación viaja por los distintos andariveles que abarcaron el centenario de Arida, quien reconoce estar viviendo la semana más movilizante de la última década. «Estaba feliz como un chico con la entrevista y desde hace varios días tiene listo el traje que lucirá el domingo, en el homenaje en el San Marón», apunta con alegría Mariana, su hija. «Gracias por darme esta oportunidad de relatar algo de una vida en la que pocos se fijaron», se despide Don Juan que rumbea para la cocina.

A la puerta se suma el amigo Hopitale quien, reflexivo, pinta de cuerpo entero al dueño de casa. «Creo que su secreto para llegar tan lúcido fue que él, Juan, nunca se tomó demasiado en serio. Se burlaba de sí mismo, disimulaba los errores ajenos y donde podía te daba una mano. Me consta que ayudó a personas que le hicieron daño y supo aceptar casi sin resentimiento la muerte de su mujer. Su singularidad lo hice un hombre distinto».

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