El masivo uso de redes sociales preocupa en todo el mundo, especialmente cuando se trata de chicos. En los últimos tiempos se multiplicaron los estudios que alertan sobre los efectos que pueden tener en la salud mental de los menores. Ahora, ¿también están afectando la alfabetización y la lectura?
La Secretaría de Educación buscó una respuesta en la última edición de la prueba Aprender, que se toma a todos los alumnos de sexto grado del país. Además de las clásicas preguntas sobre Lengua y Matemática, se les hizo un cuestionario sobre diversas cuestiones vinculadas a los hábitos de lectura.
Les preguntaron a esos chicos de 11 años de todo el país (algunos, todavía de 10) sobre sus prácticas de lectura dentro y fuera de la escuela y sobre el uso que hacen de dispositivos digitales. Y al cruzar las respuestas aparecen datos muy llamativos.
Las redes sociales son, hoy, la principal actividad de esos chicos cuando no están en la escuela. Dos de cada tres (66,2%) usan las plataformas todos los días y otro 16,3% las usa muchas veces a la semana. Es decir que, en total, más de 8 de cada 10 chicos de 11 años (82,5%) vive entre posteos y likes con mucha frecuencia diaria.
La segunda actividad que más hacen fuera de sus casa es el uso de videojuegos y, en tercer lugar, aparecen las actividades al aire libre y deportes. La lectura de libros o cómics ocupa un lugar menos frecuente.
Por otra parte, los alumnos que no usan redes sociales son los que más leen. Entre ellos, el 20,4% lee libros todos los días y otro 13,9% lo hace con frecuencia. En cambio, entre quienes usan las redes a diario, solo el 12,1% lee todos los días y apenas el 10% lo hace frecuentemente. En este grupo, además, más de 4 de cada 10 (42,7%) no leen ningún libro.
Cero libros en casa
Desde hace años, distintas investigaciones vienen mostrando que la cantidad de libros que hay en un hogar está asociado con el rendimiento educativo de los chicos que viven en él: cuantos más libros hay, mejores son sus resultados escolares. La prueba Aprender también husmea en este terreno.
Hasta ahora, les preguntaban a los alumnos la cantidad de libros en sus hogares a partir de distintos rangos: de 0 a 10, de 11 a 20, y así sucesivamente. Esta vez se incorporó una categoría nueva: cero libros. Y el resultado fue contundente: en 2 de cada 10 hogares argentinos (20,7%) no hay ningún libro.
Mucha tecnología, pero sin libros. Foto: ArchivoEl vínculo entre la presencia de libros en el hogar y la lectura aparece con claridad. Entre los chicos que viven en casas con más de 100 libros, el 40% lee diariamente o con frecuencia y el 24% no lee. En el otro extremo, entre quienes no tienen ningún libro, apenas el 14% lee de manera diaria o frecuente y casi dos de cada tres (64%) directamente no leen.
Las diferencias según el origen de los alumnos son marcadas. Entre quienes van a escuelas estatales, el 25,3% vive en hogares sin libros, frente al 8,3% de los que van a privadas. La brecha es aún mayor por nivel socioeconómico: en el 43,8% de los hogares de nivel bajo no hay libros, mientras que entre los de nivel alto esa proporción cae al 7,6%.
Para vincular lectura con consumos digitales, Aprender preguntó por el acceso a la tecnología de los alumnos. Los resultados muestran que la conectividad está prácticamente universalizada en el país: el 96,7% de los estudiantes tiene Internet en su hogar y el 93,7% dispone de un teléfono celular.
Sin embargo, persisten fuertes desigualdades en el acceso a otros dispositivos que pueden resultar más útiles para estudiar. Por ejemplo, dos de cada tres alumnos de nivel socioeconómico alto tienen una computadora de uso personal, pero esa proporción cae al 15,1% entre los estudiantes más vulnerables. La brecha también aparece en el acceso a tablets y otros dispositivos.
El informe oficial advierte que “la creciente digitalización de la vida cotidiana plantea nuevos desafíos para la práctica de la lectura” y destaca el papel de la escuela para compensar las desigualdades de origen y generar nuevos estímulos. En particular, señala la importancia de las bibliotecas escolares y áulicas, no solo para la lectura y el préstamo de libros, sino también como espacios de reflexión y trabajo sobre lo leído.
Una sociedad que pierde el hábito
Clarín analizó estos datos junto a distintos especialistas. Fabio Tarasow, coordinador del Proyecto Educación y Nuevas Tecnologías (PENT) de Flacso, considera que el problema excede lo que hacen los chicos frente a una pantalla.
“Tenemos un problema como sociedad: no hemos creado un cerco de protección para que los chicos no accedan a las redes sociales tal como son ahora”, le dijo a Clarín. Sin embargo, no cree que la solución pase por prohibirlas, como proponen o avanzan en esa dirección distintos países (Australia, Francia y otros).
Expertos advierten sobre la falta de «cerco de protección» para que los chicos no accedan a las redes como ahora. Foto: ArchivoSostiene que esas restricciones son difíciles de aplicar y fáciles de eludir, pero, sobre todo, no atacan el problema de fondo. “Hay que pensar por qué los chicos están en las redes”, afirma.
Roxana Morduchowicz, doctora en Comunicación por la Universidad de París y asesora principal de Unesco en Ciudadanía Digital, no se sorprende con los datos. “En todo el mundo, las redes sociales son hoy una parte esencial de la identidad juvenil”, le dijo a Clarín. Allí se comunican, se expresan, se hacen visibles y construyen un espacio que sienten como propio.
El problema, advierte, es que empiezan cada vez más temprano. Aunque la edad mínima para abrir una cuenta es de 13 años, chicos de 10, 11 y 12 ya participan de estas plataformas, en algunos casos con conocimiento de sus padres y en otros falseando su edad.
Andrea Goldin, investigadora del Conicet y de la Universidad Di Tella, pone un matiz. Considera muy alto el porcentaje de chicos que usa redes sociales diariamente, pero advierte que los resultados de Aprender no permiten afirmar que sean las redes las que provoquen una menor lectura.
Expertos advierten sobre la pérdido del hábito de la lectura en toda la sociedad. Foto: shutterstock“No sé si porque están en redes sociales dejan de leer”, le dijo a Clarín. El tiempo diario es limitado y dedicarlo a una actividad necesariamente se lo quita a otra, explica, pero eso no alcanza para establecer una relación de causa y efecto. Lo que sí suele pasar -dice- es que por estar más tiempo con las pantallas los chicos hagan menos actividad física.
Para Goldin, además, dice que hay que mirar este fenómeno de manera más amplia. “Los chicos no salen de un repollo. Están replicando conductas y hábitos que tenemos los adultos. Como sociedad estamos perdiendo el hábito de leer”, afirmó. Y señala que allí intervienen factores que incluyen las dificultades económicas de los adultos: menos dinero para comprar libros, y, en muchos casos, la necesidad del pluriempleo, que quita tiempo para la lectura.
Mejorar las alternativas
Tarasow pone el foco también en que cada vez hay menos espacios donde los chicos puedan encontrarse y hacer actividades en condiciones que sus familias consideren seguras. “Una familia que ve a su hijo sentado en el living navegando por las redes sociales puede considerar que está más seguro que dando vueltas por la calle o jugando en la canchita”, explicó a Clarín.
Por eso, propone generar alternativas capaces de competir por el tiempo y el interés de los chicos: fortalecer clubes, bibliotecas y espacios barriales, mejorar las canchas y multiplicar las actividades culturales, deportivas y recreativas.
Los clubes de barrio son una de las mejores alternativas a las redes sociales. Foto: ArchivoY pone como ejemplo al fútbol. Tarasow cuestiona que, mientras muchos clubes y espacios deportivos necesitan infraestructura, recursos de la AFA hayan terminado fuera del país. “Si toda la plata que la AFA se llevó circulara en la Argentina, en los clubes -con canchas en condiciones, iluminación y espacios techados-, estoy seguro de que los chicos querrían estar jugando más al fútbol que estar las redes sociales”, le dijo a Clarín.
Para qué sirve leer libros
Con foco en las ciencias cognitivas, Goldin dice que los datos de Aprender deben servir para preguntarnos ¿por qué es importante leer libros? Explica que se trata de una actividad cognitivamente diferente a leer en pantallas.
La lectura de un libro obliga a imaginar personajes, lugares y situaciones y a seguir historias extensas y complejas. “Es una de las pocas actividades que fomentan tremendamente la imaginación y la creatividad”, afirmó.
La lectura de un libro obliga a imaginar personajes, lugares y situaciones y a seguir historias extensas y complejas. Foto: ArchivoPor eso, advierte que no es equivalente leer un libro que consumir contenidos en las redes, aunque un chico pudiera terminar leyendo allí una gran cantidad de caracteres. Los contenidos digitales combinan textos breves con imágenes y videos y, en general, no exigen seguir durante un período prolongado una narración compleja.
Pone como ejemplo la diferencia que hay entre leer un libro y ver una película sobre ese mismo libro. “Cuando leés un libro después de haber visto la película, muchas cosas ya no quedan libradas a tu imaginación: no podés evitar imaginar al protagonista con esa cara o los lugares como aparecieron en la pantalla. En cambio, cuando leés primero, tenés que imaginar todo: los personajes, los lugares, las situaciones. Esa capacidad de imaginar, de pensar cosas nuevas y de quedarse pensando en ellas es algo que se da con los libros o con muy pocas actividades más. Es una habilidad cognitiva completamente diferente de la que se pone en juego cuando usamos redes sociales”, explica.
La escuela y más allá
¿Qué puede hacer la escuela frente a esto? Goldin considera que tiene que hacer que los chicos lean y que “para fomentar un hábito hay que ejercitar, practicar y hacerlo una y mil veces”. Pero agrega otro elemento que considera fundamental: que los adultos también les lean a los chicos, incluso cuando ya comenzaron a leer por sí mismos.
“La escuela no da abasto con todo”, dice Tarasow. Por eso propone pensar en un “ecosistema” que involucre a bibliotecas, clubes, municipios y organizaciones barriales, con políticas que acerquen libros y generen actividades que vuelvan a darle valor social a la lectura.
Tarasow señala que existen experiencias internacionales que avanzaron en esa dirección. Menciona el Plan Nacional de Lectura y Escritura que Colombia desarrolló entre 2010 y 2022 y la Política Nacional de Lectura, el Libro y las Bibliotecas de Perú, con horizonte a 2030. También destaca Sommerles, una iniciativa de Noruega que busca estimular la lectura durante las vacaciones de verano.
Estudiantes peruanos que participan de la Política Nacional de Lectura, el Libro y las Bibliotecas de Perú. Foto: ANDINA / Editora PerúMorduchowicz incorpora otra dimensión: sostiene que las mismas tecnologías pueden convertirse en una herramienta para recuperar y fortalecer la lectura. En particular, señala el potencial de la Inteligencia Artificial generativa, que obliga a los alumnos no solo a formular buenas preguntas, sino también a leer, comprender, analizar y evaluar críticamente las respuestas que reciben.
Cómo abordar el problema
En relación al acceso a las redes, Morduchowicz plantea que “hay que exigirles a las compañías tecnológicas que encuentren mecanismos para controlar que los niños menores de 13 años no puedan abrir una cuenta”. Agrega que deberían desarrollar algoritmos capaces de impedir ese acceso.
Tarasow también apunta a la responsabilidad de las plataformas. Propone avanzar con regulaciones concretas sobre características que favorecen un uso intensivo, como el scroll infinito, o establecer límites de tiempo predeterminados para los menores. “Hay un montón de pequeñas decisiones que, sin prohibir las redes sociales, se pueden tomar. Y acompañar a los padres”, afirmó.
Los expertos insisten en la necesidad de que haya políticas públicas que estimulen la lectura. Foto: ArchivoEn esa línea, Morduchowicz reclama que el tema forme parte de la agenda de los gobiernos nacionales y provinciales. La respuesta, sostiene, no debería limitarse a enseñar a manejar dispositivos, sino formar a docentes y alumnos para relacionarse críticamente con ellos. “Necesitamos una política pública educativa que promueva estas competencias y, en ello, las tecnologías pueden tener un alto potencial”, concluyó.
Goldin, por su parte, considera que hay tres acciones de política pública que son centrales: enseñar a leer bien, garantizar el acceso a los libros y fomentar sostenidamente la lectura. En ese sentido, recuerda que durante años el Estado nacional distribuyó libros gratuitos, una política que en los últimos años por momentos se discontinuó y que algunas provincias continuaron con iniciativas propias.
Para Goldin, recuperar y sostener este tipo de programas es una de las herramientas disponibles para reducir las diferencias de acceso y volver a acercar los libros a los chicos.



Más historias
Derrumbe en plenas vacaciones: la caída de rocas desde la montaña en el camino de los Siete Lagos interrumpe el tránsito en la Ruta 40
La dura misión para rescatar los cuerpos de la tragedia del helicóptero en San Juan: banderas y aplausos al costado de la ruta ante el paso de las ambulancias
Impresionante choque en la autopista Rosario-Córdoba: una Toyota Hilux partida al medio y tres muertos