“Es que ellos no ven el mundo con nuestros ojos”, dice Catalina, de 17 años, hablando sobre sus compañeros de escuela, mientras se afloja las trenzas, sentada en el cordón de la vereda, mirando las columnas pasar en el segundo 8M de la era Milei. Sostiene entre sus piernas un cartel que dice: «Más derechos, menos cripto».
“Los varones no saben lo que es caminar solos de noche, el miedo que tenemos, la violencia a la que estamos expuestas, las cosas que se dicen de nosotras. Sobre las mujeres, pero más que nada, sobre las feministas”, observa. “La mayoría de mis compañeros votaron a Milei. Y aunque varios son mucho más pobres ahora, que sus familias no tienen plata, o que perdieron el laburo, igual lo siguen defendiendo. Repiten lo que dicen sus papás, sin pensarlo: ‘Los que estaban antes se chorearon todo’, es ‘por la economía’, siempre es ‘por la economía’. Pero ¿y la gente? ¿Los viejos, que se mueren de hambre literalmente, no son parte de ‘la economía’? Ellos hablan de que ‘hace 18 años que estamos mal’, ¡pero ellos hace 18 años ni existían!”, se enoja.
Catalina vino a la marcha con su amiga Sol, de 18. Por sus mejillas llenas de glitter, sus trenzas decoradas con moños verdes y naranjas y su maquillaje de fantasía, ambas parecen salidas de otra época. De cuando el feminismo era una fiesta que se celebraba en la calle con la euforia de un carnaval. Ahora, la sensación térmica es otra. La palabra ‘fascismo’, que se reproduce como nunca en los carteles, es el signo de los tiempos.
Catalina y Sol van juntas a una escuela en Versalles, no saben si otras compañeras también se sumaron a la movilización hoy, pero ellas no lo dudaron. Esperan para la próxima marcha convocar a otras, pero por ahora, son ellas dos. Cuando se sancionó la ley del Aborto Legal, tenían 12 años. Ahora, empiezan a notar que otras chicas, sobre todo pre adolescentes que antes no estaban interesadas “por nada”, están empezando a hacerse preguntas. Al menos, muchas más de las que se hacen sus compañeros de clase.
“¿Qué significa femicidio? ¿Por qué Milei está en contra? ¿Por qué decís que Milei nos saca derechos? ¿Qué significa eso?”, le preguntó a Sol su sobrina. “En el aula, hay una división entre los varones y las mujeres muy fuerte. Ellos, votantes de Milei 100%. Del otro lado, estamos las chicas. Muchas que antes no se interesaban, están empezando a contestarles. Porque ellas mismas están viendo cómo cada vez viven peor, y es muy obvio. Te pasa por el cuerpo. Hay algo que se está empezando a reactivar”, observa.
“Siento que una gran parte del campo popular le pegó por demás al feminismo por pensar que nosotras, y el movimiento queer, radicalizamos los reclamos y que somos responsables de la situación en la que estamos hoy. Eso no solo no es cierto, sino que se demuestra en las calles: cada vez que hay que salir a poner el cuerpo, las primeras en hacerlo somos las mujeres, las travestis, las lesbianas, los putos y no la CGT”, comenta Agustina Arrigorria, profesora de Filosofía, mientras camina hacia junto a sus amigas, otras docentes que también tienen alrededor de 30 años.
“Sería muy importante que podamos hacer esto más seguido, pero siento también que nos están horadando y no veo tanto fervor como años anteriores. En parte, es porque no tenemos una agenda clara, pasamos de tener una agenda de proposiciones, a tener una de resistencia, más defensiva. Estamos volviendo a pedir que no nos maten, que por supuesto siempre sigue siendo importante, pero creo que tenemos que encontrar algo para seguir adelante”, reflexiona.
“A lo mejor se van año tras año enriqueciendo las luchas y sumándose a los feminismos otros movimientos que, -sobre todo en estos tiempos de fascismo y tantas ferocidades-, antes no estaban tan al margen, pero ahora sí. Entonces, se suman minorías que piden, básicamente, por la dignidad de los pueblos, de los niños pequeños, de las mujeres mayores…«, enumera Laura, mientras se detiene a comprar un choripán. Tiene casi 40 años y usa el mismo pañuelo que cuando fue a su primera marcha de #NiUnaMenos, en el 2015: «una reliquia». «Me incomoda ver todavía que se siguen apareciendo varones que vienen a provocar. Hace un rato, una compañera que estaba con su hija, de nueve años, tenia un cartel que decía: ‘Marcho con mi hija para no tener que marchar por ella’, y un muchacho que vende chipá la increpó y le dijo: ‘¡Ay, no metas a la nena, ella no entiende nada!’ Cuando ‘la nena’ viene a las marchas desde muy chiquita y entiende perfectamente cuál es el lugar de la mujer en este momento histórico y es porque tiene una mamá que la educó para que sea conciente de la desigualdades”, asegura Laura, que reconoce que «machitos infiltrados» hubo siempre, pero ahora está «más alerta que nunca».
De lejos, un grupo de barrenderos, observa la movilización. Son todos varones, casi 12, cruzados de brazos. Miran las columnas pasar, en silencio, con cara de hastío. No quieren hablar, uno dice que le da vergüenza, otros que «lo tienen prohibido». «¿Qué pienso de esto?», arriesga uno, «a mí no me gusta. No entiendo el sentido. ¿Qué ganan con esta marcha? Va a estar todo igual». Un grupo de niñas, con los guardapolvos intervenidos con lentejuelas y bordados, llevan un cartel que dice: «¿Cuándo el odio te dio tanta libertad?». Quizás, no siga estando todo tan igual.
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