“Una cosa es estar sola y otra es sentirse sola. Esa es la verdadera soledad”, dice Perla Botbol, de 83 años, detrás de sus lentes gruesos. Su oficio siempre fue el de la docencia: primero en escuelas y desde hace diez años con clases de estimulación cognitiva. Así conoció el hogar Ledor Vador, en el barrio porteño de Chacarita, al que se mudó el 18 de diciembre del año pasado. “Las personas se mueren por vivir en este barrio”, dice Perla con voz calma y risueña. Su mudanza fue “en contra de mis hijos. Es de viejo, me dijeron, aunque nunca lo sentí de esa manera”, cuenta.
Para Perla lo más importante a lo largo de la vida, y más aún para las personas mayores, es tener proyectos. “Cuando tenés cosas importantes para hacer, proyectos, aunque sean cortos, tenés una meta para alcanzar y combatís la soledad”, reflexiona. Su proyecto es, como a lo largo de su vida, enseñar. Perla lo sintetiza como “el aprendizaje”: “es lo que me da la oportunidad de enseñar, para transmitir saberes. Los años me dieron mucha sabiduría y me enseñaron a aprender todo los días. Es un dar y recibir permanente. Creo que el ser humano se muere aprendiendo”.
La estimulación cognitiva
Sus clases y charlas apuntan a la estimulación cognitiva. Define esta disciplina como “un ejercicio para estimular la mente”, que toma “cuatro facetas: la mente, el cuerpo, el espíritu y el entorno”, explica. Y aclara que “las redes sociales son muy importantes para vivir una vejez digna y feliz”. Estas redes son las mismas de siempre, aunque se viven de otra forma. En el caso de la amistad, Perla cree que los nuevos vínculos “no son una cosa permanente y tan profunda como antes, sino conocer otras personas, charlar”. Pocas de sus amigas de hace treinta año están vivas y la intensidad de “tomar un café, quedarse horas charlando y meterse dentro de la otra persona”, para ella casi no existe. “Pero no estoy mal por eso –aclara–. Son formas distintas. Siempre busco nueva gente”.
El amor también cambia. Perla es viuda hace cinco años y sostiene que “ese tipo de amor prácticamente se terminó ahí”. Cree que amor “es la palabra más hermosa” y lo piensa como “amor universal, amor en todo”. “Hay tantas clases de amor, de dar y recibir, de esa generosidad”, piensa en voz alta. Para ella el amor se condensa en la familia. Perla es bisabuela, aunque se encuentra a la espera de escuchar esa palabra de sus bisnietos para terminar de hacerla propia. “Es un orgullo. Me siento una bisabuela joven, porque estoy en actividad, con ganas de hacer cosas”.
-¿Qué es la vejez?
“Estancarse en el pasado, en los recuerdos. Por más lindos o feos que sean, los proyectos tienen que ser superiores: cuando abandonás el futuro, aparece la vejez. Te dormís en el pasado. Es algo que puede pasar en todas las edades”, concluye.
Héctor Copman tiene 85 años y se presenta como un “viejo canalla”. Antes de jubilarse trabajaba como contador, pero la pasión que atravesó todas su vida es la música. “Soy un músico de potrero, orejero. Tengo mucho oído, siempre improvisé con el jazz y eso fue lo que más o menos me mantuvo”, comenta. Héctor toca el saxo y forma parte del proyecto más reciente de Ledor Vador: la radio y canal de streaming. Tiene grabados ya cinco programas de perfiles de músicos. El último está dedicado a uno de sus favoritos: Astor Piazzolla. “Me entusiasman los tipos que han sido bisagras en la historia. Piazzolla fue un tipo que llevó el tango a otro plano, creó algo nuevo. Me gustan los personajes que elevan la cultura”, repone.
Héctor entró al hogar hace dos años, se queda durante la semana y los viernes vuelve a su casa, en donde vive con su novia. Se divorció de su primera esposa, con quien tiene dos hijos, hace treinta años. “Después de un año vagoneteando, como corresponde, me puse en pareja con una mujer que también estaba separada. Estuvimos diez años viviendo cada uno en su casa, y después nos mudamos juntos”, cuenta. Durante la semana viven separados, porque ella no es residente del hogar. “Me visita todos los miércoles y hablamos todos los días”, comenta.
-¿Cambia la forma de vivir el amor con los años?
“El amor persiste, insiste. Va cambiando, obviamente, cada pareja es un mundo”, responde. El hogar le abrió un mundo para relacionarse con nuevas personas, más allá de que Héctor tiene a su pareja y a su familia como pilares afectivos. “Siempre me sentí cómodo acá, porque uno busca con quién relacionarse y en mi caso lo logré. La radio me dio amigos, también enemigos”, bromea. O no tanto: como en cualquier proyecto creativo, hay conflictos de intereses, de estilos, de egos. “Lo tomo como un laburo y como aprendizaje”. Además de perfiles de músicos, la radio ofrece programas de actualidad, magazines y espacios de debate intergeneracional. “A esta altura, nosotros miramos el panorama desde la terraza”, dice Héctor. En el hogar también encontró un espacio para hacer música de la mano de Víctor –un pianista que da clases de música en Ledor Vador– y de Johnny, trabajador del hogar que también es músico. “Victor es un profesional, de mucho oficio más que nada: toca cualquier estilo, sabe todas las letras. Toco con él los martes y para mi es un halago”, cuenta.
Para Héctor la clave de la vejez es “aprender a digerir las renuncias”. “Uno va renunciando al sexo, que es importante, a cierta actividad física, a algún deporte más exigente y tal vez otras actividades. A veces son excusas, a veces son causas reales. Ese es el tema de aprender a vivir con la vejez”, reflexiona.
Oscar Fijalkow tiene 83 años y vive con su esposa, Silvia. Son vecinos a Ledor Vador –alquilan allí un departamento que es del hogar– y asisten durante el día a la se de central. Ella logró entablar nuevas amistades, “se juntan los sábados a jugar al rummy, son todas mujeres”, cuenta Oscar. Él nunca participó de esas partidas, prefiere quedarse para “jugar con mis chiches de la computadora”. Le gusta poder leer todos los diarios y colecciona recetas de cocina.
En diciembre, Oscar y Silvia van a cumplir 60 años de casados. “Sumale cuatro o cinco años de novios. Toda una vida. Siempre nos movimos por Almagro o Villa Crespo, venir a Chacarita fue toda una novedad. Por suerte estamos del lado de afuera”, comenta con una sonrisa discreta.
-¿Cuál es la clave para estar tanto tiempo juntos?
“Tiempo, paciencia, conversar. Tuvimos de todo en nuestra vida. Épocas buenas, épocas malas. Nos apuntalamos el uno al otro, nos acompañamos siempre”, dice Oscar. Lo que más disfrutan juntos es caminar por la ciudad y encontrar algún café en donde refugiarse. Oscar trabajaba como viajante de comercio con artículos de regalo; Silvia es bióloga. Cuando caminan por las calles porteñas y ve una vidriera de regalería y bazar, se frena siempre a contemplar los productos. “El problema es que si caminamos mucho nos duelen las rodillas. En ese caso tenemos un remís de lujo acá enfrente, un Mercedes-Benz que nos lleva para todos lados: el colectivo 39”, bromea Oscar.
El otro problema que destaca, es que los cafés ya no son como antes: “en este barrio llueve torrencialmente y al otro día amanece un café nuevo. Pero son todos café de especialidad. Te da unos vasos chiquitos así, medio fríos. La otra vez llegué al mostrador y me preguntaron si quería un shot, dos shot, qué se yo. Y compré una masita que se llamaba canary o algo así. Una cagada así chiquita. Nos rompieron la cabeza, además. Salí y le dije a Silvia, ‘¿vamos a tomar un café en serio?’”.
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