La siniestra resignificación de «El silencio es salud»
La apelación al silencio como virtud remite de inmediato a una de las campañas propagandísticas más recordadas de aquellos años. Aunque la célebre frase «El silencio es salud» nació originalmente en abril de 1974 —cuando el intendente porteño José Embrioni instaló un cartel en el Obelisco con el propósito de combatir la contaminación acústica—, cobró un cariz completamente diferente a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.
Bajo el régimen de facto encabezado por la junta militar, la consigna mutó de una recomendación vial a un imperativo de censura y disciplinamiento social. En tiempos donde dominaban la persecución, el miedo colectivo, la complicidad civil y el mandato de «no te metas», la imposición del mutismo funcionó como una herramienta clave para encubrir el horror de los centros clandestinos de detención y el plan sistemático de desaparición forzada de personas.
Por esa razón, en un contexto discursivo donde se intenta humanizar al mayor genocida de la historia nacional, afirmar con liviandad que «el silencio es maravilloso» adquirió una resonancia profundamente dolorosa que reavivó la condena social en defensa de la memoria, la verdad y la justicia.
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