15 de mayo de 2026

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“Hay sectores que piensan que el Conicet no sirve para nada, me parece tristísimo”

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A María Laura Mascotti, investigadora del Conicet en el Instituto de Histología y Embriología de Mendoza, la reconocieron con el premio Estímulo de la Fundación Bunge y Born. Tiene 39 años, lidera su propio equipo en bioquímica evolutiva y la espera un futuro promisorio ligado al estudio de las enzimas, las proteínas que define como “máquinas adentro de la célula”. Desde que comenzó su carrera, lo único que hizo fue sobresalir: tiene 37 artículos académicos publicados, fue citada cientos de veces, participa de comités editoriales y realizó estancias doctorales y posdoctorales en instituciones prestigiosas de Países Bajos, Reino Unido y Estados Unidos. Da clases, da conferencias y divulga lo que hace con una pasión que desborda.

Mascotti dedica la mayoría de sus horas a las enzimas, porque confía en que todo ese esfuerzo y conocimiento básico, más temprano que tarde, se traducirá en aplicaciones en la industria, la biomedicina e, incluso, servirá para combatir el cambio climático. Es exigente, talentosa y está contenta por un reconocimiento que “no esperaba”. Lo que sí espera, en cambio, es que la situación cambie para la mayoría de sus colegas. “Vivimos en una situación de inestabilidad y angustia perpetua desde hace un tiempo. Nadie sabe lo que va a pasar, no hay plata para trabajar; quizás te ganás un subsidio internacional, pero no sabés si te lo van a dar. El sueldo nos invita a preguntarnos si vamos a seguir haciendo esto; realmente llego con lo justo a fin de mes”, admite a Página/12.

–El premio distingue a los “investigadores jóvenes que se destacan en su campo”. ¿Qué implica ser joven para una carrera científica y en qué campo se destaca?

–En ciencia es joven quien se encuentra transitando los pasos para formar su propio grupo de investigación. Después de formarte mucho tiempo en varios laboratorios, de hacer un doctorado y un posdoctorado, de cosechar experiencia, llega el tiempo de comenzar a liderar una línea de trabajo propia. Si se lo compara con otros rubros, tan joven no soy porque tengo 39 años, pero en el campo científico tal vez sí. Más allá de todo, hice muchas cosas y pasé por todos lados. Cuando inicié mi carrera lo hice en química orgánica, y utilizaba microorganismos para producir reacciones químicas. Luego, como estudié biología molecular, me enfoqué en las enzimas, es decir, en las responsables de las reacciones que a mí me interesaban. Estuve en Países Bajos y allí realicé una especie de transición al mundo de las enzimas. Quiero saber cómo ocurren las cosas adentro de una célula.

–¿Qué son las enzimas? ¿Qué tienen de interesante?

–Son una clase de proteínas. Constituyen las máquinas adentro de las células y se encargan de cumplir funciones. Por ejemplo, toman los azúcares y los metabolizan para que las células crezcan, así como también permiten la reproducción, la respiración, la diferenciación. Mientras que el ADN y los ácidos nucleicos se encargan de transmitir la información de generación en generación, las enzimas son los efectores, y realizan reacciones químicas. De modo que las enzimas son ni más ni menos que las responsables de que las células vivan. Cuando uno pasa de entender cómo funciona la química a nivel teórico a comprender lo que efectivamente sucede al interior de una célula sucede la magia.

–Lo lindo de pasar de la teoría a la práctica…

–Es que cuando se estudia una célula, te enseñan sus componentes como si estuviesen aislados, como si los procesos no estuvieran conectados. La realidad es que todo sucede en simultáneo, en un lugar muy apretado y en tiempos muy precisos.

El apasionante universo de las enzimas

–Cuando le entregaron el premio Bunge y Born, los referentes de la organización señalaron que sus aportes son relevantes porque permiten “descifrar el origen y la diversificación funcional de las enzimas involucradas en procesos de óxido-reducción”. ¿Qué es esto?

–Para que todo funcione en una célula, la única manera es mover energía, y la forma de mover energía es a través de mover electrones. Eso es lo que se hace en la óxido-reducción. Más allá de que se trata de un concepto bastante técnico, podríamos decir que son reacciones que suceden con muchísima frecuencia en todos los sistemas vivos de la Tierra. Las enzimas vinculadas a los procesos de óxido-reducción están relacionadas a la respiración. Desde hace un tiempo ya, mi idea es estudiar enzimas desde una perspectiva evolutiva, incorporando la historia al análisis funcional.

–¿Busca comprender qué hace una enzima en el presente a partir de su pasado?

–Sí, exacto. Quiero comprender de dónde vienen las enzimas del presente, cuáles eran sus antepasados y cómo se comportaban, para llegar a un entendimiento mucho más fino del modelo de estudio.

–¿Cómo lo hace? ¿Trabaja con enzimas viejitas?

–Sí, ancestrales les decimos. Depende del modelo, he trabajado con enzimas de los primeros mamíferos, pero también con algunas que corresponden a bacterias de 2500 millones de años. A partir de datos actuales, realizamos inferencias filogenéticas, es decir, ponemos un poco de la lógica, la computación y la estadística al servicio del análisis de secuencias genéticas, con el objetivo de predecir cómo eran. El paso siguiente es mandar a sintetizar esos genes, y meterlos en una bacteria, una célula o el sistema que se quiera. Esta bacteria luego expresará la información y nos permitirá el análisis en el laboratorio.

Lo básico, lo aplicado y el presupuesto

–En sus discursos y entrevistas, subraya la idea de hacer ciencia básica. ¿Por qué?

–Si te digo que estudio la evolución de una familia de enzimas, probablemente no le veas una aplicación inmediata. Además, implica exámenes largos, que requieren de mucho trabajo experimental y computacional. Seguramente, incluso, me demore un montón de años en tener un resultado redondo, armadito, como para hacer una publicación. Más allá de esta situación, una vez que el objetivo se logra, se puede trasladar de manera inmediata al campo aplicado.

–¿De qué forma?

–Por ejemplo, cuando una de las enzimas que pertenece a la familia que vengo estudiando resulta importante para la industria. Supongamos que desde una empresa quieren que su producto se vuelva mejor, más selectivo, más estable, amigable con el ambiente o lo que sea; basta con que actúe sobre la enzima que conozco muy bien para realizar las modificaciones del caso y que ese resultado satisfaga a quien demande el servicio. Hay que tener en cuenta que si bien en la ciencia básica las cosas no se pueden apurar, luego todo ese esfuerzo fundamental puede redundar en beneficios palpables.

–Aunque la ciencia básica y la aplicada se presentan como dos campos distintos, ciertamente no pueden pensarse por separado.

–Lo aplicado solo es posible si está construido sobre una base de conocimientos y experimentos. Más aún si se tiene en cuenta que vivimos en la era de la IA: estamos en condiciones de alimentar modelos con datos experimentales de diferentes grupos alrededor del mundo, con el objetivo, por ejemplo, de responder a cómo la biología de las especies se adaptará al cambio climático. Lo mismo: estudiar las enzimas también trae beneficios en el sector biomédico. Pero, bueno, como siempre, todo depende del presupuesto que uno tenga. Si hay dinero, las respuestas pueden encontrarse más rápido; si no, cuesta más, hay límites materiales que impiden investigaciones más grandes, de mayor peso.

–Teniendo en cuenta que el presupuesto para una investigación es tan determinante, ¿alguna vez pensó en ir a otro país a seguir con su trabajo?

–Seguir en otro país, sí. Lo que nunca haría es dejar de hacer ciencia, porque me gusta mucho. Como hace relativamente poco que volví, todavía estoy en el idilio; con toda la energía que traigo, la verdad es que soy optimista. En este punto es fundamental destacar que tengo muchas colaboraciones internacionales, y eso brinda un respaldo para conservar las ganas en un contexto local en que todo está tan mal. Las colaboraciones en la ciencia moderna son imprescindibles: es muy raro que un solo laboratorio pueda escribir un artículo con impacto sin agruparse con otros equipos de diversas especialidades.

El pasado, el futuro y los compañeros

–Cuando le dieron el premio Estímulo, dijeron que su carrera era “muy promisoria”. ¿Cómo se lleva con ese pronóstico?

–Ojalá que pueda mantener de cara al futuro eso que algunos vieron en mí. Me destacaron por una buena producción científica, por artículos de impacto. Pienso que tiene que ver con cómo soy: me muevo todo el tiempo, trato de colaborar y trabajar en equipo. Para hacer buena ciencia es necesario moverse del lugar en el que está. Requiere mucho sacrificio personal y energía, pero cada viaje, cada estadía en otra provincia y en el exterior, me permitió aprender realmente y conocerme más. Viajar me permitió averiguar qué quería hacer de mi vida como investigadora y no solo limitar mi carrera a un tema heredado de alguien más. No fui al laboratorio al que me mandaron mis jefes, sino al que a mí me parecía que estaba bueno ir.

–Cuando habla se le nota una virtud: tiene decisión.

–Nunca me autopercibí como decidida, pero evidentemente algo de eso debo tener. A mí me sorprendió un montón el premio. Cuando se ve la lista de gente que me escogió… Me emocioné mucho.

–Ya opinó sobre su futuro y las ganas de que todo salga bien. ¿Y el pasado? ¿Siempre quiso ser científica?

–Cuando era chica me regalaron un microscopio, así que algún incentivo tuve. Sin embargo, lo que siempre me acuerdo es que con mis amigas de toda la vida nos gustaba mucho mirar los VHS sobre curiosidades, el origen del hombre y no sé qué más. A mí eso siempre me pareció impresionante, me refiero a entender la evolución.

–No se alejó mucho de ese gusto inicial, porque hoy se especializa en bioquímica evolutiva. Por último, ¿qué piensa de la situación de la ciencia en la actualidad? A usted le va muy bien, pero ¿qué sucede con sus compañeros?

Vivimos en una situación de inestabilidad y angustia perpetua desde hace un tiempo. Nadie sabe lo que va a pasar, no hay plata para trabajar; quizás te ganás un subsidio internacional, pero no sabés si te lo van a dar. Es de una complejidad increíble que te llegue la plata que te ganaste a través de una convocatoria de afuera. Son todas situaciones que hacen que ser científica sea una actividad muy difícil; todo cuesta arriba. El sueldo me hace preguntarme si voy a seguir haciendo esto; realmente llego con lo justo a fin de mes. Lo otro que me pone mal es la valoración de la sociedad.

–¿A qué se refiere?

–Si bien hay mucha gente que apoya que haya conocimiento en su país, hay sectores que piensan que la ciencia no sirve para nada, que el Conicet no sirve, me parece tristísimo. Es muy grave. Siempre pienso en todo lo que uno tarda para construir las cosas, y lo frágil que en el presente se encuentra esa construcción. Al borde de desmoronarse en cada segundo. 

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