El triunfo de España sobre Argentina dejó discusiones propias de cualquier partido decisivo, con algunas jugadas revisadas por el VAR y opiniones divididas sobre ciertos fallos puntuales. Sin embargo, el rendimiento de Vincic fue ampliamente valorado por la FIFA y por buena parte de la prensa especializada.
De hecho, pocos días después recibió otro reconocimiento de peso cuando la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) lo distinguió como el mejor árbitro del Mundial. En el informe destacaron «el control disciplinario claro y firme que caracteriza al arbitraje de élite», una valoración que terminó de coronar una temporada en la que también recibió elogios por su manejo de los encuentros más importantes del calendario internacional.
Muy distinta fue la historia de Codesal en la final de Italia 1990 entre Alemania y Argentina. Aquel partido quedó marcado para siempre por el polémico penal sancionado sobre Rudi Völler que Andreas Brehme transformó en el único gol del encuentro y por las expulsiones de Pedro Monzón y Gustavo Dezotti.
La actuación del árbitro mexicano nacionalizado uruguayo generó un rechazo inmediato en el ambiente futbolístico argentino y todavía hoy continúa siendo motivo de debate cada vez que se recuerda aquella definición. Con el paso de los años, defendió públicamente cada una de sus decisiones y sostuvo que volvería a cobrar el mismo penal si tuviera que repetir aquella situación.
Esa postura alimentó una controversia que nunca terminó de apagarse y convirtió aquella final en una de las más discutidas de la historia moderna de los Mundiales. Más allá de las diferencias, tanto Vincic como Codesal quedaron unidos por una estadística que muy pocos árbitros pueden exhibir. Ambos transformaron la final de un Mundial en el último capítulo de sus carreras dentro de una cancha.


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