La sangre tira. Una expresión común para definir algo que no podemos explicar. Si la relación con ese padre o hermano o hijo ha sido mala, si no hubo reciprocidad de cuidado -y a veces ni de afecto- ¿por qué debiéramos comprometernos a darle cobijo, incluso cuando muchas veces son los propios responsables de su ingrato destino?
La sangre tira. Quizás haya un resabio tribal, un pertenecer a una comunidad en la que algo indeleble une y nunca te abandona. Es bonito plantearlo así: nos da cierto reaseguro de que jamás estaremos solos. Pero también tiene algo de injusto. ¿Se puede -o se debe- sacrificarse por alguien que no lo haría por uno? ¿O que no siguió ningún consejo para estar mejor?
También hay otra forma de entender este intríngulis. No lo hacemos por ese familiar, lo hacemos por nosotros. Para no sentir que somos personas miserables que dejamos a su suerte a alguien que no se basta a sí mismo. Cuando yo era chico, tiempo ha, me llamaba la atención algo que decían los mayores: a veces, más lindo que recibir un regalo es darlo. Me sonaba raro. Ahora me doy cuenta de que uno se siente bien entregando alegría, afecto, presencia. Genera cierta plenitud aunque haya un trasfondo oscuro que nos enoje. Es la misma lógica de la filosofía oriental: si nos irritamos demasiado, esa mala energía se vuelve contra nosotros porque de alguna manera nos barniza, nos recubre.
Queda otra opción, que no siempre es válida. Pero quién sabe… Muchas veces se da por perdida una relación: todo lo pasado detenta un peso inmanejable y no queremos seguir intentando algo en vano. Pero quizás uno se pone una vara muy alta y desea que esa persona disfuncional sea casi ejemplar. No, no lo lograremos. Sin embargo, si nos ponemos metas pequeñas a lo mejor es más sencillo recomponer algo del rompecabezas. ¿Un café para conversar de nada en especial una vez cada dos meses? ¿Una llamada telefónica? No es el edén pero lograr un acercamiento y quitar tensión puede alivianar esa bruma densa que nos atraviesa.
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