27 de junio de 2026

Radio Exa

Radio en vivo y mucho más

Mundos íntimos. Agradezco tener un papá que sabe llorar. Con él aprendí que si los sentimientos se esconden, hacen daño.

Compartir este contenido

Las mejores historias empiezan con una mentira, porque llorar da miedo. Yo lloro mucho. Cuando llego a casa después de días largos, cuando me despiertan pesadillas que no se van hasta que abra las ventanas, luego de esas siestas de dos, tres, horas eternas, cuando me peleo con mi mamá, cuando me doy cuenta que alguien no me ama como yo a él, cuando me doy cuenta que no sé cómo amar, cuando se muere una planta, mi perro, mi abuelo, cuando pierdo algo, cuando me olvido los colores de mi infancia, cuando un viejito camina solo por la calle, cuando el futuro, mío y de la sociedad, es incierto. Pero siempre lloro sola, no me gusta que me vean, ni mis ojos hinchados ni la vergüenza que me recorre. También recuerdo, que hay espacios, en medio de la llanura pampeana, bajo la mirada del horizonte, algunas vacas, y el sonido del folklore argentino, donde es más fácil dejarse llorar.

Siempre insistí en que haber nacido en el interior de la provincia de Buenos Aires es de las mejores cosas que me pasó en la vida. El campo se mueve a su propio tiempo. Los árboles expanden sus raíces sin temor a una calle emergente, los cultivos se transforman a la par de las estaciones y los animales caminan la tierra. La luz mala recorre por la noche sin ser juzgada, los gauchos toman mate a cualquier hora del día. Ese tiempo diferente, y a veces sin tiempo, nos deja llorar más tranquilos. Porque se necesitan horas de soledad compartida, la sensación de que solo el viento te está viendo, y varios días con los pies en la tierra en vez de en el cemento.

Mi papá trabajaba en un campo a dos horas de donde vivíamos. Una vez a la semana se despertaba antes de que saliera el sol, y con los pies cubiertos de helada y la camioneta fría, se iba. Cada tanto me invitaba. Yo tenía entre once o doce años, y me arraigaba a mi cama por el disfrute de la rebeldía, y amaba mi tiempo libre como si debiera aprovecharlo ahora, antes de que la adultez se fuera a llevar la felicidad con ella. Pero vivíamos en un mundo donde los adolescentes todavía no tenían celular, los niños aún jugaban con la imaginación y para mi había cierta aventura en estas pequeñas excursiones.

Nos subíamos al auto sin apuro, esquivando sapos entre la niebla y calentando el espacio con nuestro aliento mientras se calentaba el motor. Hasta la rotonda que marcaba la salida de Lincoln se decían incoherencias de madrugada, sobre la familia, sobre la calle, sobre la vida. Ya en la ruta charlábamos mucho de libros, una pasión que compartimos. Yo le contaba las historias que leía. Hablaba rápido, de personajes que él olvidaba y lenguaje juvenil que no entendía. Él me recomendaba clásicos, que fui leyendo con los años.

Cuando ponían música en el auto, yendo al campo, Sabrina Curci y su papá solían escuchar un acorde de Facundo Saravia “Si es de padre a hija nuestro amor / Uno como no hay otro igual”.

Íbamos hacia el este, con el sol de frente, nubes deformes y saturadas de amanecer. Me explicaba cosas del campo, cuales son las épocas de la cosecha, los colores de la soja, los tipos de vacas. Esta vez era yo la que no entendía. Después un círculo íntimo de silencios, él pensaba en trabajo, yo en que quería ser escritora.

Rompía el silencio abriendo la guantera del auto y sacando un bolsito azul y gris gastado de CDs. Eran planos y transparentes, sin prejuicios en su exterior. Estaban escritos a mano, algunos con el nombre del álbum “The Dark Side of the Moon”, otros de recopilaciones “Las preferidas de Martina” (mi hermana) o “Las mejores canciones de los 80”. Y otras tenían palabras desdibujadas, y la gracia estaba en adivinar de qué recopilado se trataba una vez que empezaban a sonar.

Sabrina Curci y su papá, de espaldas. Ella agradece haberse criado en el interior de la provincia de Buenos Aires, con sus infinitas llanuras.

Yo siempre elegía el mismo CD, que estaba escrito con su letra indescifrable pero que sabía exactamente qué tenía. Mi papá ya sabía de mi elección, y se emocionaba apenas sonaba el primer acorde. Facundo Saravia decía: “Si es de padre a hija nuestro amor / Uno como no hay otro igual”, y yo lo único que quería era quedarme en ese auto por horas, no ir a la escuela, que no me cambiara el cuerpo, no dar mi primer beso, no irme de al lado de mi papá. La canción se llamaba Martina, como mi hermana, y eso lo emocionaba aún más. Pero yo sabía que nos hablaba a las dos, que nos lloraba a las dos.

El silencio se hacía más presente, pero no más denso. Se respiraba mezcla de tierra, bosta y paciencia. El sol ya estaba frente a nosotros y alumbraba todo. Alumbraba especialmente lo que todos queríamos ocultar, sus arrugas, su falta de pelo que hacía más visible la mirada, mis piernas reposadas que se tocaban entre sí, mi cuerpo mitad niña mitad mujer que tanto me incomodaba. Alumbraba las equivocaciones, las discusiones que terminaron en gritos, las formas que no me gustaban de mi papá, los rasgos que él quería cambiar de mí. Eso hacía que se perdiera toda la vergüenza entre nosotros. Que el vínculo padre e hija fuera solo eso, acompañamiento. Que volviéramos a estar como el día que me alzó por primera vez, o cuando me enseñó a leer, o cuando se cambió de cama para que yo no llorara durante la noche.

Mientras tanto, la música se adueñaba del espacio, no se escuchaba ni el viento. Saravia relataba la historia de un niño que creció sin su mamá. Decía: “Uno valora las cosas cuando las suele perder. Y cuando las tiene a mano nunca las sabe tener” y después agregaba “Cuando tenerla a mi lado, era jugar a aprender. Lloramos con mis juguetes, al vernos sin tu querer.” y con mi papá se nos rompía el corazón. Sé que mi papá pensaba en su propia infancia dormida, en su mamá profesora, en su papá quien ya no estaba, en un hombre que a veces desea volver a ser un niño. Cuando se llora acompañado solo hay que darse la mano. El vidrio empañado por nuestras voces susurrando empezaba a transpirar, las gotas caían al mismo ritmo que en nuestras caras.

Cuando estábamos apunto de llegar le dije: “Me gusta viajar en la ruta porque no hay nada más que hacer que lo que se está haciendo”. Aún pienso lo mismo, y creo que por eso a mí y a mi papá nos gusta tanto viajar. Él se secó las lágrimas. Nos reímos incómodos pero mirándonos a los ojos. Yo me bajé a abrir la tranquera.

Llorar es vulnerabilidad, muchas veces confundida con debilidad. Se transforma la cara, se tensa la mandíbula, se hinchan rápido los párpados y las palmas de las manos transpiran demasiado rápido. Llorar es como cocinar para uno, que los pies no logren calentarse bajo las sábanas frías, que el aliento no tenga olor a usado, que alguien se olvide de desearte feliz cumpleaños. Uno se acostumbra a llorar, lo exagera dejando que las lágrimas cubran toda la almohada y que al día siguiente la habitación solo conozca verdades. Uno se acostumbra a que los gritos callen rápido porque la garganta está atada con angustia. Uno se acostumbra al terror de que las personas que tengo enfrente vean que la perfección no existe. Mi papá tiene miedo de llorar. Yo también. Pero cuando era chica, llorábamos mucho juntos.

Había algunas películas que volvían a crear ese lugar de tristeza líquida o el simple desprendimiento de un botón, un botón que estaba arruinando la camisa. En mi casa se prendía la chimenea, se cerraban las cortinas y se traía una pizza casera para ver Titanic, Africa Mía, Los puentes de Madison. En esos momentos yo sentía que ni los perros de la calle nos escuchaban, y no importaba si afuera había elecciones presidenciales, un chaparrón, o un accidente de auto. Esos momentos yo volvía a ver llorar a mi papá, por la tristeza del amor, por las dificultades de la vida, porque a veces estaba cansado o no sabía qué hacer con el campo o porque le tenía miedo al futuro. Lloraba bajo la luz del fuego, una calidez pasajera que por unos minutos ablandaba los músculos, lo justo y necesario para permitirse derramar algunas lágrimas.

La memoria y la nostalgia se volvieron una insignia en nuestra relación, nos sentábamos en el piso de cemento que separaba el living del comedor, donde mi mamá y mi papá habían tallado seis estrellas con la fecha de nacimiento de cada uno de la familia. Sin importar el frío del cemento y la luz que se iba con el final del día, pasábamos las horas de la tardecita mirando fotos, tantas fotos como vida él había vivido. En el reflejo del plástico viejo que cubría los álbumes, en la foto de su mamá recién peinada y sus hermanos y él con delantal blanco, se veían sus ojos húmedos.

Incluso una vez, cuando yo estaba sola en otro país y una pandemia me separaba de todo lo conocido, y lloraba por las noches buscando familiaridad en una casa que aún no se sentía propia, mi papá me mandaba un mensaje saludándome cada mañana. Acortaba la distancia y formaba un refugio invisible en el que cobijarme, en el que llorar tranquila, sabiendo que él lloraba al otro lado de la pantalla.

Con los años me empezó a dar más pudor llorar, la gente me miraba con los labios desgarrados y me daba la mano, sus miradas eran de lástima y ganas de huir, y mis palabras me daban vergüenza. También descubrí que hay mucha gente que no llora, que despidió amores en silencio, convirtió el llanto en violencia o se llevó la tristeza a la tumba. También aprendí que hay niños que nunca vieron a su papá llorar. Y me encontré con hombres que me miraron a los ojos con angustia, dolor o temor, y no lloraron. Me duele pensar en un mundo donde no lloremos, donde los pesares queden bajo llave, donde riamos de lo que no nos hace gracia, sonriamos en cada foto y el cuerpo se vuelva cada vez más pesado.

Fue hace dos o tres años, que me escapé de la Capital por unos días y mi papá me invitó, después de mucho tiempo, a ir al campo con él, que recordé esos lugares que nos hacían llorar. El CD ya no estaba en la guantera, y en el camino hablamos de política, del remedio del perro, de cómo el mundo se estaba prendiendo fuego, de que extrañábamos a mis hermanos. Esta vez no lloramos, pero en cada kilómetro agradecí a mi papá por haber creado ese espacio en mi infancia, en el medio del camino en un viaje por ruta provinciana, donde se podía llorar. Y agradezco a la niña que fui, que pudo ver a su papá llorar sin dejar de mirarlo igual.

source

Compartir este contenido