11 de julio de 2026

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Mundos íntimos. ¿Por qué dejé de escribir libros de narcotráfico para enseñar cocina mexicana en Buenos Aires?

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Investigar sobre narcotráfico implica sumergirse en múltiples violencias: narcos, cárteles, sicarios, muertos, desaparecidos, fosas comunes, armas, corrupción, impunidad, injusticia, madres buscadoras, dolor.

Comencé a hacerlo en 2008, cuando en Argentina estalló el escándalo del tráfico de efedrina en el que estaban involucrados narcotraficantes mexicanos que habían elegido Buenos Aires para sus operaciones. En ese momento, hacía dos años que el presidente mexicano Felipe Calderón había iniciado una falsa guerra contra el narcotráfico que no terminó con los criminales y solo multiplicó muertes, desapariciones, masacres, violaciones a los derechos humanos. Los periodistas se convirtieron en nuevas víctimas y México, en el país más peligroso para ejercer el oficio.

Yo vivía en Buenos Aires desde 2002 y trabajaba como corresponsal extranjera, pero nunca dejé de visitar a mi familia y amigos en México. En uno de mis tantos viajes, participé en la primera marcha para denunciar los crímenes contra los colegas y decidí que mi aporte a la difusión de la causa sería escribir un libro sobre la historia de los narcos mexicanos que habían venido a Argentina: de Amado Carrillo Fuentes, “El Señor de los Cielos”, en los años 90, al grupo que traficó efedrina para elaborar metanfetaminas. Nunca se pudo comprobar si pertenecían al Cártel de Sinaloa. El libro se llamó “Narcosur” (Marea, 2013) y tuvo una repercusión impensada, sobre todo porque los escándalos narcopolíticos en Argentina eran cada vez más recurrentes y Rosario se poblaba de bandas, sicarios, búnkeres y soldaditos, sin que se entendiera qué estaba pasando.

En 2015 se editó “Todo lo que necesitas saber sobre el narcotráfico” (Paidós), un trabajo de divulgación que me permitió ampliar la mirada para contar la historia del negocio a escala global, y que tuvo una edición italiana. En 2017 publiqué “Narcofugas” (Marea), un libro en el que hablé del fracaso de las políticas de drogas en Argentina y que ganó el premio FOPEA de investigación periodística. Los medios solían entrevistarme y yo aprovechaba para contar la tragedia que crecía en México, con cientos de miles de muertos y desaparecidos, además de explicar la inutilidad e hipocresía de la guerra narco en el mundo.

Pero algo me empezó a incomodar. Para empezar, el auge de lo que se bautizó como narcoliteratura. Sentía que, en muchos casos, las verdaderas víctimas quedaban desplazadas por colegas que se ponían en el centro de las historias y asumían gustosos el papel de periodistas héroes o heroínas. Falsos mártires sin empatía que usufructuaban las desgracias de otros, publicaban escandalosos y morbosos best sellers y ganaban y celebraban premios internacionales que solo reforzaban estereotipos contra México. Temía transformarme en uno de ellos. Me invadía la inseguridad. ¿Para qué servía lo que escribía? ¿Servía? ¿Usaba a las víctimas, aun de manera involuntaria? No quería ser una periodista mediática que solo hablara/escribiera sobre narcotráfico, un tema que fácilmente se cuela en los sueños en forma de pesadillas. Entonces comencé a rechazar entrevistas y proyectos de nuevos libros narco. En cambio, recopilé mis artículos como corresponsal en “Al gran pueblo argentino” (Marea, 2019); y algunas de las mejores crónicas sobre el Mundial que Argentina ganó en Qatar, en “La fiesta más grande del mundo” (Marea 2023).

“Altri tempi”. Cecilia González en una presentación de su libro sobre narcotráfico en Italia.

En medio de esos dos libros, en marzo de 2020, murió mamá. Papá había muerto en 2009. La orfandad me sumió en una desolación que parecía no tener consuelo, hasta que me reencontré con la cocina.

Provengo de una familia de comerciantes de comida callejera. Durante toda su vida, mamá vendió, en plazas y mercados de la Ciudad de México, buñuelos con miel de piloncillo (un postre típico), tamales fritos y unas bebidas calientes llamadas atoles; en casa, cocinaba para papá, seis hijas y dos hijos. Yo vendí con ella desde niña y solo dejé el puesto cuando comencé a trabajar como periodista y pude sustituir el oficio de la venta ambulante por el de la palabra escrita.

México. La mamá de Cecilia González era vendedora de comida en mercados. De tal palo...

Durante muchos años, me alejé por completo de las hornallas, pero en 2010 la comida mexicana se convirtió en la primera gastronomía que la Unesco reconoció como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad y se me ocurrió proponerle a mamá que rescatáramos sus recetas en un libro que bautizamos “Nostalgias con sazón”, en el que contamos su historia y la mía con la comida. Mi regreso a la cocina fue paulatino y se aceleró con su muerte.

En los primeros meses del coronavirus, mientras cumplíamos cuarentena estricta en Buenos Aires, me refugié con mi amiga Albertina, una bella y estilizada cordobesa que posee el don del amparo: su sola presencia tranquiliza. Una noche decidimos vender comida por pedido, al igual que lo hacían tantas personas ante el obligado encierro. Usamos las recetas de mamá y tuvimos un éxito inmediato: las viandas con mole, cochinita pibil, guacamole, arroces y frijoles se agotaban enseguida. Entre semana seguía con mi trabajo de periodista, y viernes y sábados cocinábamos y entregábamos la comida como si fuéramos socias con larga experiencia. Los clientes nos mandaban fotos de sus mesas arregladas con manteles y vajillas especiales. Era una forma de sentir que habían salido a cenar. En una época tan tensa, con las reuniones sociales prohibidas, podíamos juntarnos con amigos y conocer a nuevas personas a través de la comida.

Los libros sobre narcotráfico quedaban cada vez más lejos. Editoriales en México y Argentina me ofrecían que escribiera sobre los nuevos cárteles o la transformación del tráfico de drogas, pero los rechazaba. Prefería el más amable y lúdico universo de ingredientes, recetas, historias de la cocina.

Pasada la pandemia, empecé a dar talleres de escritura en casa. Mi ánimo de anfitriona se imponía: cocinaba e invitaba a los alumnos a comer. De manera natural, los talleres se transformaron en poco tiempo en las tertulias. Así llamo los encuentros que organizo cada semana en casa y en los que participan invitadas —en su mayoría son mujeres— que no conozco y no se conocen entre sí.

Es una cita a ciegas colectiva que inicia con una convocatoria en redes sociales. Las interesadas reservan y vienen a una reunión que dura horas y en la que prueban comida mexicana mientras hablamos de política, periodismo, literatura, cocina, historia, viajes. Después del agobio de la pandemia, rompimos la virtualidad y recuperamos la escucha presente, las miradas en persona, los abrazos.

En las tertulias, las invitadas solían preguntarme las recetas de la comida y me instaban a que diera clases de cocina. Me convencieron. Antes, tuve que estudiar la historia de la comida mexicana, los ingredientes nativos que México le dio al mundo (jitomate/tomate, vainilla, maíz, chiles, aguacate/palta, frijoles/porotos…), la diversidad de nuestra cocina que nos permite comer todo tipo de carnes y pescados, frutas, verduras, legumbres, cereales, flores, insectos, hierbas, plantas. Y su inabarcable gastronomía: nadie, nunca, va a poder probar los miles de platillos que se dispersan en mi país.

Dejar a un lado las investigaciones narco y centrarme en la cocina mexicana me permitió transitar de lo sórdido a lo luminoso, recuperar el sentido de humanidad y comunidad que representa la comida. Porque los países, como las personas, no pueden reducirse a una sola faceta. Y México no es solo tragedia y violencia. También es historia, identidad, patrimonio, cultura gastronómica. Qué orgullo que nuestra comida oscile de un simple taco de sal, a un sofisticado chile en nogada; o a un refinado mole que resume parte de la historia de la humanidad al combinar chiles mexicanos con especias y frutos secos de Asia y África que los conquistadores españoles, que durante siglos fueron invadidos por los árabes, llevaron a América.

Ahora, en lugar de escribir sobre banqueros que lavan dinero y políticos que, después de un siglo, repiten estrategias fallidas contra el narco basadas en la hipocresía y la ignorancia, prefiero buscar y conocer nuevos ingredientes, restaurantes y tendencias culinarias; comprar libros y mirar documentales de comida; pensar y practicar la cocina como meditación en movimiento y acción política, cultural y de resistencia; escuchar a todo aquel, aquella que cocine; ver en YouTube a las cocineras mexicanas Abigail Mendoza, Maru Toledo y Ángela Garfias, quienes practican, cuidan y comparten saberes y sabores ancestrales; contar en mis clases la historia y la variedad de nuestra gastronomía; estudiar la producción de alimentos y recordar que, sin maíz, no hay país; y explicar el aporte cultural-gastronómico que las personas migrantes hacemos en los países que elegimos como destino.

Cocinar también forma parte de mi duelo. Cuando estoy en mi casa de Barracas y amaso la harina de las tortillas o cuido que los frijoles no se quemen, me siento cerca de mamá. A ella no le gustaba que escribiera de narcos, balaceras, fugas, drogas. Sería muy feliz de saber que este año publico un libro que se llama “Clase de cocina” (La Crujía) y en el que hablo de ella, que a la vez es hablar de la historia de nuestra querida Ciudad de México y las calles que recorrimos como vendedoras ambulantes y que, todo el día y toda la noche, huelen a tacos, caldo de gallina, antojitos, grasa, café de olla.

De vez en cuando todavía escribo algún artículo vinculado al narcotráfico. En mi computadora, desde hace varios años, reposa un archivo que tiene más de cien mil caracteres: es un libro sobre la guerra contra las drogas que dejé a medio hacer. No sé si algún día lo terminaré. Tampoco me preocupa. Por ahora me siento mejor siendo una periodista migrante que cocina. O una cocinera que escribe.

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