Entre los ejemplos de coberturas de salud incompletas o fallidas que mencionan con enojo los afiliados a las prepagas y obras sociales, uno de los rubros más apuntados por su mantacortismo es el de las prestaciones en materia de salud bucal. Cuesta responder la pregunta que muchos se hacen: por qué algunas de las prestaciones en odontología más recurrentes corren siempre por un carril paralelo, y entonces hay que pagarlas aparte.
El carril paralelo es una calle empedrada que puede pegar poco y nada o muchísimo en el bolsillo, y puede contemplar dos grupos de cosas: los tratamientos que están en el mismísimo PMO, el Plan Médico Obligatorio, una larga serie de prestaciones que las obras sociales y prepagas (pero no curiosamente los hospitales públicos) están obligadas a brindar y por las cuales a veces cobran (a través de una suerte de “copago” o coseguro) y a veces no, y por supuesto, todo lo que está por fuera del PMO.
Lo anterior requiere sacarse de la cabeza que lo que cubre el PMO no se abona, cuando esa circunstancia sólo corre para, 1) las prácticas que por ley están exentas de todo pago, y 2) si el plan de cobertura que se contrató establecía expresamente que nada del PMO tendrá aranceles adicionales. Aunque obras sociales y prepagas ofrezcan planes tentadores (no los más económicos) que no cobran ese tipo de plus, ningún ítem entre los «exentos» pertenece (desde ya), al rubro odontología, un mundillo de la salud generalmente relegado a un segundo lugar, posiblemente por el puente obvio que lo conecta con la estética personal.
Si algo cambió para la ciudadanía en este punto, es eso. Ocurrió hace dos años, cuando se volvió más recurrente verse frente a la obligación de pagar para ir al dentista, producto de la resolución 1926/2024 de la Superintendencia de Servicios de Salud, que desreguló los aranceles del PMO (salvo los exentos comentados recién). Así, a las prácticas que ya se pagaban por separado (implantes, blanqueamiento, ortodoncia de adultos, placas de descanso) se sumaron ocasionalmente los básicos: resolver una caries, un tratamiento de conducto o la limpieza periodontal. En especial, para todos los que (por la crisis del poder adquisitivo cruzada con la recomposición de las cuotas de salud) debieron bajar un escalón en su cobertura, y ahora siempre abonan copagos.
Es cierto que, a aunque los montos oscilan a gusto del prestador (con la condición de que los afiliados estén oportunamente advertidos de los valores), hay que decir que esos coseguros siguen siendo módicos o más o menos razonables. Al menos, sin entrar en la disquisición del peso relativo que 7.000 o 15.000 pesos (las cifras aproximadas que relevó Clarín para algunas de estas prácticas) pueden representar hoy para una persona con ingresos por debajo de la canasta básica, o con dos o tres chicos que hay que llevar al control general con el odontopediatra.
Las coberturas odontológicas son muy básicas y el resto hay que pagarlo aparte. Foto: ShutterstockEl tema es que a esos gastos no generalizados pero frecuentes se siguen sumando los de siempre: la ortodoncia, cuando no se cubre, los implantes y los tan de moda tratamientos de blanqueamiento, entre otros. Pero, ¿por qué, siendo tan demandadas, son tan caras estas prácticas?
Argentinos, al dentista
Clarín habló de estos temas con Aldo Squassi, director del Instituto de Investigaciones de Salud Pública, que funciona dentro de la Facultad de Odontología de la UBA, y quien, desde su rol en la cátedra de Odontología Preventiva y Comunitaria, impulsa una institución no formal pero valiosa: el Observatorio de Salud Bucal, quizás el único o de Argentina, un país que, apuntó, “es uno de los pocos de la región y quizás del mundo que no tiene estadísticas de salud buco dental; una deuda pendiente que muchos gobiernos se comprometieron a ordenar, pero ninguno resolvió”.
También, con María Victoria Nervi, gerente de Consulmed, una reconocida gerenciadora de prestaciones odontológicas. Como otras empresas de su tipo, cumplen un rol intermediador que es común en el mundo de la odontología: median entre la necesidad de las obras sociales y prepagas (los financiadores o “pagadores”) de darle un servicio odontológico a sus afiliados, que esta empresa en particular maneja como “capitas” (conjuntos de pacientes) a los que se les ofrece una cartilla de especialistas.
Uno de los puntos donde la percepción del ciudadano de a pie más se aleja de los números que para el sector parecen normales es el costo de los implantes. Lo aclaró Nervi: “Está instalado eso de que los implantes se cobran en dólares. Tenés implantes con corona a 1.000 dólares, y a menos también. El costo del componente en sí (el tornillo) no es tan elevado como se cree, pero lo que encarece la prestación es la combinación de materiales, honorarios y la ausencia de cobertura que absorba algo de esa cifra”. Esa ausencia es el PMO comentado arriba.
“La ortodoncia tiene una situación parecida», explicó, y sumó: «Los valores están estandarizados para las técnicas convencionales, pero las nuevas tecnologías -alineadores, por ejemplo- quedan afuera del esquema de cobertura”. Ahora bien, ¿por qué es de esa manera?
Las caries constituyen la enfermedad más prevalente en el mundo.Los actuarios y la salud
Suponiendo que la ley de oferta y demanda impactara también en la salud, uno deduciría que si muchas personas precisan implantes, ortodoncia (más allá de la adolescencia, cuando las prepagas suelen dejar de cubrir el tratamiento), prótesis dentales o blanqueamiento, los precios deberían bajar. No funciona así.
Squassi diseccionó el problema de los valores que se manejan en el sector: “Hay varios niveles para analizar. Uno es el tema de la prevalencia de enfermedad. Es un punto central porque cualquier seguro, del auto o de lo que sea, se basa, en parte, en cálculos actuariales; es decir, el cálculo de cuántas cosas malas te pueden pasar que el prestador deberá cubrir. Las prepagas usan un sistema solidario, según el cual las cuotas de unos cubrirán los gastos de otros. Ahora bien, ¿qué pasa en odontología, concretamente?”
El problema, dijo, es el número de personas con faltante de piezas dentarias y caries. “Si a todos se les cubriera todo, el costo de los planes sería altísimo”, señaló, y lanzó un dato fuerte y poco conocido: “La enfermedad de caries es la más frecuente del mundo. Es más frecuente que el dolor de cabeza y que los resfríos”.
El segundo punto de análisis, dijo el investigador, es que “la odontología tiene características puntuales respecto de la provisión de servicios. Puntualmente, sus costos. Algunos son costos directos, como el tipo de materiales que se usan para ciertos tratamientos, o el tiempo profesional que se requiere para las prácticas, sin contar la formación, algo que ocurre en todo el ámbito de la medicina. Pero en odontología los costos son particularmente caros. Un consultorio básico precisa más inversión que en otros rubros de la medicina”.
El resultado se va vislumbrando: “Tenemos enfermedades muy prevalentes, cuyo costos para resolverlas son relativamente caros, especialmente en sistemas como el nuestro, que tiene un problema de sustentabilidad de base general”. A esto sumó un punto más.
Una tendencia de mercado y el caso del PAMI
Según fuentes de una de las prepagas con más afiliados del país, el 4% del gasto promedio por afiliado va a parar a la cobertura odontológica. Si bien un informe del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (IDESA) y la Asociación de Empresas de Medicina Prepaga (ADEMP) informó en 2024 que el promedio de ese gasto llegaba al 8,3%, una segunda entidad (que pidió no ser mencionada) confirmó que su gasto en este rubro ronda actualmente (y también en 2024) el 4% mensual. “Ojo que 4% no es poco para nada”, enfatizó. ¿Deberían destinar un porcentaje mayor para que al afiliado le pese menos?
Sea mucho o poco, todos los consultados coincidieron en que la tendencia mundial apunta a un achique en esa manta de por sí corta, siguiendo el modelo estadounidense, donde el seguro de salud bucal siempre se contrata aparte. Esta suerte de fórceps impuesto por las tendencias de mercado, es el tercer punto del análisis de Squassi: “En casi ningún país del mundo existe una cobertura de odontología completa y, de hecho, el PMO, aunque tenga copagos, es un sistema de seguridad social bastante superior al de otros lugares. Brasil tiene cobertura extensa, no total, en odontología pública. Los escandinavos tienen cobertura amplia hasta cierta edad. Pero cobertura total, con prótesis, implantes y todo, no existe en ningún lugar”.
Aunque la oferta de seguros de salud odontológica son por ahora incipientes en Argentina, los pagos de algún modo “normalizados” en el sector parecen conducir a ese esquema diferenciado, que complica aún más el acceso a un servicio de salud tan elemental como otros, si se piensa en los riesgos de infecciones bucales o en los efectos obvios en el relacionamiento social y en la inserción laboral para una persona con dientes en falta a la vista.
Más allá de los 400 o 1.000 dólares que puede costar un implante (una dispersión de precios que Squassi considera asociada a la calidad de los materiales utilizados), hay que remarcar que incluso los jubilados con PAMI terminan muchas veces abonando por las prácticas odontológicas que precisan. En todos los casos, se supone, por decisión propia, ya que los copagos están “estrictamente prohibidos”, explicó un especialista que atiende en la mayor obra social del país y pidió resguardar su nombre.
El problema por el que muchos jubilados terminan sacando la billetera es la prevalente necesidad de una prótesis dental (parcial o total): “El PAMI cubre solamente las prótesis de acrílico, pero también hay de cromo cobalto, que son más lindas, y están las flexibles, que son más estéticas (aunque personalmente no las prefiero). En el caso de las de acrílico, las hay de paladar rosado y de paladar transparente, que son más lindas que las primeras. Pero si yo le quiero poner a los pacientes de PAMI las trasparentes, no me dan los costos, por lo que me cobra el mecánico a mí”. Este es el meollo del problema.
Y es que el odontólogo se ve forzado a ajustar costos en los materiales o insumos elegidos para sus pacientes, en base a los aranceles depreciados que recibe del INSSJP. La obra social, que provee a cada afiliado una prótesis de acrílico (rosado o trasparente, de mejor o peor calidad) cada tres años, acepta la situación, ya que “zafa”. El resultado para el paciente es variopinto: o se acepta la prótesis de turno, que “si el mecánico trabaja bien, suele andar bien, pero a veces, si no está muy bien hecha, puede molestar o doler”, o directamente se adquiere una dentadura mejor en forma particular.
Es una posibilidad que sólo tienen quienes cuentan con mayor poder adquisitivo, ya que una dentadura de esas puede representar dos a tres haberes jubilatorios mínimos. “Yo prefiero pagar un poco más, pero saber que le va a funcionar y no le va a doler y que el paciente no va a venir ochenta veces a quejarse que le molesta, pero, por ejemplo, las de paladar transparente, que son más lindas, no me da para pagarlas”, explicó el odontólogo consultado.
El piso de los aranceles para estas prótesis, por ejemplo las de cromo cobalto o las flexibles, rondan los 500.000 a 800.000 pesos, aproximadamente, según los montos que establecen (como piso) los colegios farmacéuticos: “Y de ahí para arriba”.
Cómo mejorar la salud bucal de los argentinos
Squassi arrojó un dato conocido, pero demoledor: “En CABA, el 66% de los nenes de seis años de escuelas públicas, que nosotros revisamos en primer grado, tiene caries. De esos, más o menos el 20% o 25%, según la comuna, tienen caries que requieren extracciones o tratamientos de conducto. Si a los seis años ya están así, imaginate que ese arrastre de necesidad de tratamiento se se incrementa. Ocurre en una ciudad con el PBI más alto del país. En el resto de Argentina, la prevalencia puede ser mucho más alta”.
El futuro de ese escenario es obvio: adultos con más problemas, más pérdida de piezas y más necesidad de implantes. Y, “en este punto, sí pesa la ley de oferta y demanda: si existe una prevalencia de desdentamiento y hay una oferta que tampoco es tan grande en comparación a la demanda -porque no todos los profesionales están preparados para hacer un implante-, el valor de la práctica subirá”.
Según Squassi, sería crucial “saber si actualmente hay más o menos gente que perdió piezas dentales, pero precisaríamos estadísticas que no se generan. Igualmente, lo que seguramente sí exista es un impacto de la situación económica y su relación con la posiblidad de destinar recursos para los tratamientos odontológicos. Es una percepción”.
“Ahora bien, ¿qué hacer frente a esto?”, se preguntó el profesional, y concluyó: “Implementar políticas públicas que trabajen sobre poblaciones específicas. Por ejemplo, la pediátrica o la de personas gestantes. El horizonte sería impulsar medidas preventivas que reconviertan el perfil de las patologías del futuro. Los recursos, así, se podrían administrar mejor y quedarían a disposición de las personas que realmente los necesiten”.
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