8 de agosto de 2026

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Finalizaba 2019, asumía en la Argentina Alberto Fernández y un conocido me dijo “Extraño país: tengo familiares afuera que vuelven ilusionados por el nuevo gobierno. Y otros parientes en Buenos Aires que parten porque no quieren más kirchnerismo”. Este sino ha consolidado nuestro vaivén de irse y regresar, quizás desde aquella oscura época en que alguien pintó el grafiti “La Argentina tiene una salida: Ezeiza”.

Pero somos afortunados. Ya son varias décadas en que nadie se va exiliado, y eso cuenta en un país en el que San Martín, Alberdi, Rosas, Perón y tantos otros debieron desterrarse. Pero no se compra un pasaje de ida solo por lo político. Las ganas de conocer otra cultura, el cansancio por la falta de estabilidad que implica pisar arena movediza, la seguridad, la corrupción. También la falta de trabajo, la sensación de que esto explotará y que si uno recuerda 1989 o 2001, mejor tomar distancia.

Asentarse en otra geografía no significa ser uno más. Depende el país, depende la persona. Siempre queda ese aroma irreproducible que se extraña… Perdón por el lugar común, pero parece dogma: la Patria es la infancia. Como las plantas, los humanos tenemos raíces aunque no sean visibles y por eso no desentona encontrar argentinos en el exterior que empezaron a bailar tango o a preparar empanadas caseras cuando jamás se les hubiera ocurrido en nuestra tierra. Se puede vivir bien, pero hay renuncias. Al irse, y también al quedarse si uno no se siente pleno.

Cuando tenía 21 años, recién recibido de periodista, fui a cursar un posgrado en Francia. Obvio la felicidad de conocer aquello que parecía el centro del mundo en una época en que Argentina estaba en un margen olvidado, a los inicios de los 80 (por suerte esto ha cambiado, creo). Pero recuerdo una sensación extraña: ¿qué pasaba si tenía un accidente y moría en Francia? ¿Sería enterrado allí? Eso me generaba un inmenso dolor. Intríngulis al menos curioso para los 21 años: mostraba que irse es fácil pero irse del todo, para siempre, puede ser casi subversivo porque algo de uno vive allá y otro poco acá.

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