A bordo del Air Force One, rumbo a Florida, Donald Trump escuchó la pregunta y apenas levantó la vista. “No, no es verdad”, dijo. Los periodistas le preguntaban si era cierto que había dado luz verde a un ataque militar contra Venezuela.
La desmentida llegó después de que The Wall Street Journal y el Miami Herald difundieran que el Pentágono ya tenía marcado en el mapa los posibles blancos que incluían puertos, aeropuertos y bases controladas por el gobierno de Nicolás Maduro. En los papeles, sería parte de una operación “antinarco”; en la realidad, parece más bien otro movimiento del viejo ajedrez con el que Estados Unidos busca, una y otra vez, hacer que el chavismo se arrodille.
Ecos de la vieja política imperial
Mientras tanto, los buques de guerra estadounidenses siguen navegando el Caribe. En los últimos dos meses, el Comando Sur ejecutó más de una decena de operaciones “antinarco” contra embarcaciones sospechosas. No hay nombres, ni juicios, ni pruebas concretas. Solo los muertos. Y el mensaje.
Trump, que en campaña se presenta como el “restaurador del orden americano”, aprovechó para doblar la apuesta y subió a 50 millones de dólares la recompensa por la captura de Maduro y otros 25 millones por sus principales funcionarios. Todo bajo el mismo relato; el de la “lucha contra el narco”, un guion que en América Latina ya conocemos de memoria.
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