Gallo contó que fue abordada por siete hombres vestidos de civil que le preguntaron «¿Vos sos Agustina?», y que lo siguiente que pasó fue un breve interrogatorio en una sala privada donde le pusieron cadenas en los tobillos y las muñecas.
Luego la subieron a una combi blanca con otros «cuerpos», que fue como los efectivos de Migraciones se referían a los detenidos, y la llevaron a un centro de detención en California City, a poco más de 5 horas del aeropuerto de San Francisco, y bien adentro del desierto.
Ahí pasó los siguientes 17 días, con privacidad reducida, a bajas temperaturas a pesar del verano, las luces encendidas las 24 horas del día y sin acceso a duchas que funcionaran.
De hecho, la argentina consignó que había mujeres que llevaban dos años detenidas en el mismo centro y a las que los guardas las atormentaban psicológicamente con amenazas diarias sobre su posible deportación, que nunca llegaba.
«Es un negocio, porque adentro es todo plata», convino la periodista, porque para comprar comida que fuese aceptable había que pagar, y lo mismo para acceder a ropa limpia o a llamadas telefónicas o videollamadas.
«Mi teoría es que cuanto más gastás allí, más tiempo te tienen«, agregó la mujer, que sólo usó sus fondos para comunicarse con amigos y familiares mientras le buscaban un abogado que destrabara su caso.
«Creo que por eso me soltaron rápido», aseguró la argentina, que fue deportada a Italia porque había usado su pasaporte de ese país para entrar a los Estados Unidos.
Pasado el primer susto inicial, y tras haber recibido la contención de sus familiares italianos, Gallo viajó a México, donde aún espera que su abogada pelee su causa por irregularidades en el modo en que estuvo detenida.
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