Ahí también apareció otro de los sentidos posibles del tour. Porque mientras las sorpresas llegaron sobre todo desde esos guiños al pasado más lejano, el resto del repertorio funcionó casi como una colección de certezas. Canciones que el público ya incorporó a una especie de ADN emocional colectivo: “Mi gin tonic”, “Carnaval de Brasil”, “Crímenes perfectos”, “Flaca”, entre otras.
Y el Arena respondió exactamente como se esperaba: cantando a gritos absolutamente todo.
El nuevo Calamaro
Hay artistas que arriba del escenario todavía pelean contra el paso del tiempo. Calamaro ya no parece interesado en esa batalla. Sabe perfectamente que quizá ya no pueda sostener shows interminables de 30 canciones ni forzar el caudal vocal de otras épocas. Entonces juega otro partido: administra, acomoda, interpreta.
Pero ahí es donde aparece el oficio.
Porque tiene una banda muy sólida, porque entiende el ritmo emocional de un recital mejor que casi cualquiera y, sobre todo, porque sus canciones siguen teniendo algo raro: por momentos logran sacar la mente del estadio y llevarla a otro lado completamente distinto.
Hace tiempo tengo la sensación de que un recital realmente bueno es aquel que consigue exactamente eso. Que durante algunos minutos las letras, melodías o interpretaciones dejen de hablarle a una multitud para empezar a hablarle a cada uno por separado. Como si el artista no estuviera frente a miles de personas sino entrando, de a ratos, en pensamientos ajenos.
Calamaro todavía logra eso como pocos.
Y cuando los invitados no sobran y aparecen en el momento indicado, generalmente funcionan. Así pasó con Santiago Motorizado, que subió para una emocionante versión de “Cuando no estás”, una de las mejores canciones de la última etapa de Andrés.
El show duró dos horas. No necesitó más.
El cierre volvió a ser, como casi siempre, “Los chicos”. Tengo cierta teoría con respecto a eso: siempre pensé que los repertorios deberían funcionar como organismos vivos y que incluso las canciones finales tendrían que ir mutando con el tiempo.
Pero “Los chicos” tiene algo especial.
Es rabiosa y melancólica al mismo tiempo. Tiene una energía rara, medio desesperada, medio liberadora. Y cuando terminó el recital me pasó algo bastante específico: no pude dejar de tararearla varias cuadras después de salir del Arena.
Me recordó inmediatamente a otra noche, hace muchos años, saliendo del cine después de ver “Bohemian Rhapsody”. Cuando empiezan los créditos finales de la biopic de Freddie Mercury comienza a sonar “Don’t Stop Me Now”, esa canción que alguna vez un estudio definió como la más feliz de la historia. Recuerdo haber caminado varias cuadras hasta la parada del colectivo cantándola sin darme cuenta.
Este martes, otra vez, tampoco pude parar.

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