26 de mayo de 2026

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Champagne clandestino, operaciones políticas y la soberbia de los egresados: los secretos del Nacional Buenos Aires

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Los tres alumnos ya habían llegado hasta la rectoría. Escondían en su mochila un champagne Barón B. La intención era regalárselo a él por su último cumpleaños como rector. Pero se encontraron con uno de los secretarios que los descubrió y los paró de seco. La falta era evidente: en el colegio no se puede circular con bebidas alcohólicas.

Lo que nadie previó fue la reacción del rector, cuando vio la escena. No solo no reprendió a los estudiantes, sino que los dejó pasar, destapó la botella y brindó con dos de ellos, ya mayores de 18 años. No sin antes hacerlos dejar sus celulares en una caja para que no quedara registro del hecho.

Esta es apenas una de las insólitas anécdotas que pueblan el libro “Secretos del Colegio” (Educar en Ciencias), de Gustavo Zorzoli, quien cuenta los misterios y las intimidades que vivió, entre los años 2011 y 2019, al frente del colegio más emblemático del país.

“Tenía la necesidad de mostrar con el libro el trabajo intenso que hicimos”, dice Gustavo Zorzoli. Fotos: Martín Bonetto

No son solo anécdotas. El libro revela la cocina interna de una institución misteriosa para quien no haya transitado sus pasillos, que tiene reglas propias y que está en tensión permanente con la UBA, los docentes, los gremios, los estudiantes y los graduados, según cuenta Zorzoli.

¿Por qué pasa todo esto en un simple colegio? Para Zorzoli, es muy fuerte “la tradición” que arrastra el Colegio. “Fue creado y pensado por Bartolomé Mitre para formar a los líderes del país. Cuando pasó a depender de la UBA, allá por 1910, ya era ‘el colegio’. Algunos egresados incluso dicen que el colegio precede a la UBA y hasta a la patria misma”, se ríe Zorzoli, en diálogo con Clarín.

El ex rector cuenta que Mitre planteó un plan de estudios muy humanista. “Y cuando digo humanista no hablo solo de letras: había mucha Física, Matemática, Química, Latín. Era un humanismo francés: se pensó un colegio de élite, selectivo, de excelencia”, afirma el ex rector, quien dice que éste es el principal secreto que esconde el Buenos Aires.

“El colegio está atravesado por distintos estamentos de poder: estudiantes, docentes, no docentes, graduados y la propia universidad”, dice Gustavo Zorzoli. Fotos: Martín Bonetto

“El colegio está atravesado por distintos estamentos de poder: estudiantes, docentes, no docentes, graduados y la propia universidad. Uno queda entrampado entre muchas fuerzas que a veces conspiran para bloquearte y otras tironean para lados diferentes”, dice Zorzoli, que es profesor de Matemática y docente universitario hace más de 40 años y publicó más de 30 libros.

Los graduados son los que menos poder formal tienen, afirma. Pero se los puede identificar de lejos, por la soberbia que “emana de ellos apenas abren su bocota”, escribe Zorzoli en el libro, con una mueca de sonrisa.

“Si la pregunta es “¿Fuiste al Colegio?”, eso solo alcanza para reconocer a un miembro de la tribu -sigue en el libro-. Porque para ellos colegio, lo que se llama colegio, hay solo uno y es con mayúscula. El resto de nosotros, en el mejor de los casos, asistimos a un establecimiento de enseñanza secundaria que de casualidad tiene por nombre Colegio Pirulo”, describe.

Sí, señores. Zorzoli no fue alumno del Colegio. Llegó a ser rector “de casualidad”, explica. “Venía de ser rector del Normal 1, tenía trayectoria en conducción y había sido director del curso de ingreso, además de profesor del colegio. Para elegir al nuevo rector, el rectorado de la UBA arma una terna y después el Consejo Superior elige. Yo llegué a la terna con apenas tres votos docentes. Había otro candidato muy apoyado por estudiantes y graduados. Pero el rectorado entendió que si lo elegían a él iba a quedar rehén de esos sectores. Así que terminé entrando yo”.

Años de conflictos

Las tomas del colegio marcaron algunos de los momentos más tensos de la gestión de Zorzoli. Pero hubo dos episodios que todavía recuerda como especialmente delicados.

Uno fue el intento de profanación de la Iglesia de San Ignacio, un caso que terminó en la Justicia penal. “Fue muy complejo porque involucró a chicos del colegio, a la Iglesia y a la comunidad educativa. Los propios compañeros denunciaron a quienes habían participado”, recordó. El otro episodio fue la denuncia, falsa, de un abuso durante una toma.

“Yo llegaba a mi casa y dormía perfecto. Nunca tuve que tomar una pastilla para dormir”, dice Gustavo Zorzoli. Fotos: Martín Bonetto

Sin embargo, Zorzoli asegura que nunca vivió esas situaciones desde el miedo o la desesperación. “Yo llegaba a mi casa y dormía perfecto. Nunca tuve que tomar una pastilla para dormir”, contó. Y explicó que esa tranquilidad tenía una razón: conocía el colegio desde adentro mucho antes de llegar al rectorado. “Sabía dónde estaba sentado y conocía a todos los actores porque llevaba 30 años en el colegio antes de ser rector”.

Zorzoli destaca que ahora hay menos conflictividad política. “Después de la pandemia hubo muy poca movilización. Incluso si mirás hoy al centro de estudiantes, muchas de las discusiones pasan por cuestiones menores. Hay un colegio mucho más paralizado”, dice.

Pollicita Blue

El libro también tiene anécdotas más divertidas. Una de ellas, cuando lo confundieron con el fiscal Gerardo Pollicita.

Ocurrió en febrero de 2016, cuando Zorzoli un día estaba almorzando y vio en las pantallas de los canales de noticias su foto. “¿Qué carajo pasó en el Colegio?”, dice que pensó entonces.

Pero no. Resulta que ese día el fiscal Gerardo Pollicita había imputado a Cristina Kirchner, a raíz de la denuncia presentada por Alberto Nisman. Como nadie tenía la foto del fiscal, los canales recurrieron a una nota de Clarín sobre la profanación de la iglesia de San Ignacio -caso en el que participó Pollicita-, que estaba ilustrada con la foto de Zorzoli, pero como en el epígrafe no decía nada preciso, creyeron que esa era la foto de Pollicita.

“A veces empujás y lográs cambios; otras veces empujás y te empujan para atrás”, dice Gustavo Zorzoli. Fotos: Martín Bonetto

La curiosa anécdota termina en que, por entonces, muchos lo reconocían en la calle como Pollicita, y tenía media población que lo aplaudía y la otra mitad que lo puteaba.

Bastante después tuvo que reunirse con Pollicita en el marco de la causa de la iglesia y, ni bien entró, escuchó por detrás, entre carcajadas: “Llegó Pollicita blue”.

Como muchas instituciones, el Buenos Aires está abierto al público en La Noche de los Museos. Ese fue el contexto en el que, una vez, le llegó una oferta para ser ministro de Educación. No aceptó.

“Nah, ser rector de ese Colegio te pone en otro nivel, en un sitio incomparable. ¿O alguien se acuerda del Ministro de Educación de esos tiempos? Tampoco valdría la pena semejante esfuerzo”, escribe en el libro.

También anota que el Buenos Aires, como toda escuela secundaria, es un lugar que te obliga a mantenerte joven. “Los pibes son siempre pibes. Vos envejecés, pero ellos te muestran constantemente la juventud, las jergas, las nuevas formas de pensar. Y además los conocés fuera del ámbito familiar, donde son más libres”, cuenta.

Volver…

Zorzoli ahora cuenta que fue su esposa quien lo impulsó a escribir este libro. “’Tenés que escribir, tenés que escribir’, me decía. Y yo sentía que tenía que quedar en algún lugar esa gestión. Y mostrar cuáles son los actores que están ahí: los gremiales, universitarios, el juego con los estudiantes, con los docentes”, le dice a Clarín.

Se puede entrever en el libro y en la entrevista cierta nostalgia de Zorzoli por volver a dirigir el Buenos Aires. Todavía se lo nota molesto por la forma en que terminó su mandato y admite que el estatuto le permite volver en el próximo mandato.

Dice que en 2018 había una necesidad de la UBA de mostrar que las próximas autoridades de los colegios fueran mujeres. “En el caso del Pellegrini eligieron a una profesora histórica. Pero en el Nacional fue distinto”, se queja, y sugiere que la actual rectora llegó por presión gremial.

“Tenía la necesidad de mostrar con el libro el trabajo intenso que hicimos. Éramos un grupo muy fuerte, convencido de que se podía mover un colegio muy tradicional”, dice Zorzoli.

Y entonces lanza su mensaje final. “Este libro habla de mover el colegio. Mariano Marinetti lo entendió perfecto en la ilustración de tapa: son los pisos del colegio rotados, movidos. A veces empujás y lográs cambios; otras veces empujás y te empujan para atrás. Pero creo que lo peor que puede pasar es el achatamiento, no hacer nada. Y siento que hoy el colegio está achatado”.

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