La contienda electoral funcionó en la práctica como un plebiscito sobre los 17 años de gobierno casi ininterrumpido de Netanyahu. La sociedad israelí llegó a las urnas profundamente dividida tras las consecuencias del 7 de octubre y las posteriores guerras en Gaza, Líbano e Irán.
Para sus detractores, Netanyahu es un líder divisivo que prolongó el conflicto bélico por razones políticas mientras enfrenta un juicio por corrupción, debilitando los cimientos democráticos y apuntalando la evasión del servicio militar obligatorio por parte de los judíos ultraortodoxos. En contraste, sus partidarios lo defienden como un estadista firme que protege la seguridad y la identidad judía frente a la presión internacional, en un contexto donde el país enfrenta un creciente aislamiento diplomático y advertencias de tensión con Teherán.
Eisenkot, quien sufrió la pérdida de su hijo y dos sobrinos en Gaza, se posicionó apoyado por sectores que buscan preservar las bases seculares del Estado, prometiendo mejorar la posición internacional de Israel, reforzar la independencia del poder judicial y avanzar en el reclutamiento de hombres ultraortodoxos.
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