1 de julio de 2026

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La metamorfosis de Daniel Melingo: del rock a reinventar el tango sin renunciar nunca a su esencia

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Lo llamativo es que nunca aceptó la idea de haber «abandonado» el rock. En numerosas entrevistas explicaba que el tango siempre había estado presente en su vida gracias a su historia familiar y que, en realidad, jamás sintió que hubiera cruzado una frontera entre un género y otro.

Mientras muchos insistían con esa lectura, Melingo prefería dejarla pasar. Para él, las etiquetas tenían escasa relevancia: lo verdaderamente importante era la música y la honestidad con la que se encaraba el proceso creativo.

«No me pasé del rock al tango«, repetía cada vez que surgía esa interpretación. Una frase que, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en una declaración de principios.

Esa cosmovisión dio origen a discos como Tangos Bajos, Santa Milonga, Maldito Tango y Anda, trabajos que recibieron elogios tanto en Argentina como en Europa y lo consagraron como uno de los grandes renovadores del tango contemporáneo.

Un artista imposible de encasillar

Lejos de reproducir el estilo de los grandes cantores del siglo XX, Melingo edificó un lenguaje propio. Su interpretación combinaba actuación, narración y una minuciosa orfebrería expresiva que convertía cada concierto en una experiencia casi teatral.

Su imaginario artístico estaba poblado por personajes de frontera, seres noctámbulos, bohemios y extravagantes que parecían surgir tanto de los rincones menos transitados de Buenos Aires como de un balneario fuera de temporada. Ese universo singular fue una de las marcas registradas de una obra que nunca dejó de sorprender.

A lo largo de su carrera colaboró con artistas de distintas generaciones y jamás perdió la pulsión por experimentar. Esa inquietud permanente fue el hilo conductor de toda su obra: el mismo músico irreverente que irrumpió en el rock décadas atrás fue quien, tiempo después, revitalizó el tango desde una mirada completamente personal.

Más que un cambio de género, la historia de Daniel Melingo fue una auténtica metamorfosis artística. Cambiaron los escenarios, los sonidos y los personajes, pero nunca la curiosidad ni el impulso creativo. Detrás del rockero, del tanguero y del performer siempre convivió el mismo artista, decidido a desafiar cualquier etiqueta.

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