Este virus, detectado por primera vez en Malasia en 1999, no tiene medicamentos ni vacunas autorizadas; provoca una infección de gran letalidad, estimada entre el 40 y el 75%, dependiendo de la capacidad local de vigilancia epidemiológica y atención clínica.
Tiene manifestaciones clínicas diversas, que van de la infección asintomática (subclínica) a la infección respiratoria aguda y la encefalitis letal. Normalmente, el periodo de incubación oscila entre los 4 y los 14 días desde el contagio, si bien puede extenderse hasta los 45 días.
Pasado este tiempo, empiezan a presentarse síntomas gripales, con fiebre, cefaleas, vómitos, dolor muscular y de garganta, que pueden ir seguidas de mareos, somnolencia, alteración de la consciencia y signos neurológicos que indican encefalitis aguda, con casos graves que pueden derivar en convulsiones hasta el coma en uno o dos días.
La mayoría de las personas que sobreviven a la encefalitis aguda se recuperan por completo, pero el 20% puede sufrir secuelas neurológicas, como convulsiones y cambios de personalidad.
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