Los Heredia nacieron para servir. Para esa familia de Valle Fértil ponerse un uniforme significa dejar una huella en la vida de los demás. Carlos Heredia era uno de los hermanos más chicos, pero si algo le sobraba era vocación de servicio. Lo llevaba adentro. Sonaba una alarma y salía sin dudarlo. Si alguien necesitaba ayuda, ahí estaba.
Esa forma silenciosa de estar siempre para los demás lo acompañó hasta el miércoles 29 de julio, cuando murió junto a otras seis personas en el trágico accidente del helicóptero que cayó en el Parque Provincial Ischigualasto durante una capacitación para el combate de incendios forestales. «Fuimos hermanos, compañeros y compadres. Tenía mucha paciencia y actitud para servir. Ya lo llevaba inserto en él», explica Marcelo Heredia, hermano de Carlos, en diálogo con Clarín.
La última charla entre ellos fue apenas unos días antes del accidente. Soplaba el viento zonda, una señal de alerta para cualquiera rescatista. Marcelo tiene unas autobombas chiquitas en su casa, les sacó una foto y, a modo de broma, se la envió por WhatsApp.
«Como él estaba en Defensa Civil le dije que cortara ya con el mal tiempo y que informe mejores condiciones porque me estaba quedando sin combustible para los autobombas. Y él me contestó: ‘Ya te voy a mandar para allá buen tiempo’. Esa fue la última conversación que tuvimos», cuenta emocionado.
Unos días después recibió el llamado de un sobrino que trabaja en la Secretaría de Seguridad, quien le pidió a toda la familia que fuera al cuartel de Bomberos. Allí les iban a dar información oficial sobre el helicóptero y sobre Carlos. Mientras, Marcelo se aferraba a la esperanza de que su hermano siguiera con vida.
«Unos colegas me dijeron antes que era una alerta naranja, que no era código de accidente sino de aterrizaje forzoso. Nunca imaginé una tragedia así. Fue el peor momento de mi vida«, dice.
Este viernes se realizó el velorio de los cuatro sanjuaninos fallecidos en el accidente del helicóptero en la Catedral de San Juan Bautista. Foto: Marcelo Carroll, enviado especial. Carlos tenía 56 años. Estaba casado y era padre de dos adolescentes, de 20 y 15 años. Dedicó tres décadas de su vida a servir al pueblo de San Juan. Participó en cientos de operativos, uno de los más complejos fue la búsqueda de una turista alemana perdida en el cerro Tres Marías. En los últimos años, estuvo al frente de la Dirección de Protección Civil.
«Era un excelente padre de familia, hermano y profesional. Le dio toda su vida a esta profesión. Ojalá que todo este reconocimiento también sirva para mejorar las condiciones de quienes siguen arriesgando la vida todos los días», confiesa.
«Era mucho más tranquilo que yo», se suelta Marcelo, seis años mayor que Carlos. Por primera vez durante la charla logra sonreír. La diferencia de edad hizo que, durante mucho tiempo, fuera quien le marcara el camino.
Cuando Marcelo ingresó a la Policía de San Juan y comenzó a trabajar como bombero, Carlos recién ingresaba a la escuela de cadete y soñaba con seguir sus pasos. «Fuimos compañeros, hermanos y compadres. Él era el padrino de uno de mis hijos», dice.
Aunque compartían la misma vocación, tenían personalidades muy distintas. Marcelo era impulsivo. Mientras que Carlos encontraba las palabras justas para llevar tranquilidad ante una emergencia.
«Yo por ahí me aceleraba un poco en el trabajo y él era la persona que, hablando, me ayudaba a equilibrarme. Tenía mucha paciencia y una enorme actitud para servir. No solamente en el trabajo. También con la familia. Sonaba una alarma y salía. Y cuando la alarma era de la familia, siempre estaba presente», recuerda.
“No estamos preparados para enfrentar este dolor”, dice Marcelo. Foto: Marcelo Carroll, enviado especial. Marcelo lo vivió en carne propia hace más de quince años. En 2010 sufrió graves quemaduras en el rostro durante una explosión química en Rivadavia, una localidad cercana a la ciudad. Carlos no integraba esa dotación, pero apenas supo lo ocurrido dejó todo y fue a ayudar. «Se ocupó de todo. Fue a mi casa, estuvo con mi esposa y me acompañó en cada momento», recuerda.
Otro accidente que marcó su vida
En febrero de 2010, Carlos viajaba en colectivo con su hija Carla, de seis años, y otras 57 personas rumbo a Necochea. La lluvia no dio tregua durante todo el viaje. Cerca de Laboulaye, sobre la Ruta Nacional 7, el micro perdió el control y volcó.
Carlos logró encontrar a su hija, romper una ventanilla a los golpes y sacarla del micro. Podría haberse ido con ella al hospital más cercano. Sin embargo, ayudó a salir a otros pasajeros que estaban atrapados y terminó con profundos cortes en las manos.
Carlos junto a sus amigos de toda la vida. «Siempre fue el mismo tipazo humilde», dice Javier Ortiz.Su amigo Javier Ortiz, compañero de la escuela secundaria en Valle Fértil, asegura que Carlos fue siempre fiel a sí mismo y que ocupar un cargo importante nunca lo cambió.
«Nosotros le decíamos ‘el Flaco’. Nunca perdió sus orígenes. Viviera donde viviera o estuviera donde estuviera, siempre se acordaba del pueblo. Teníamos un grupo de WhatsApp y nunca dejaba de escribirnos. Yo trabajaba en la cordillera y me llamaba para preguntarme cómo estaba el clima o para organizar una juntada. Hay gente que llega a lugares importantes y cambia. Él no, siempre fue el mismo tipazo humilde de toda la vida«, recuerda.
Por eso, nadie dudó en acompañar a la familia. «Era muy bonachón, humilde y de enorme corazón», dice Jorge, otro amigo de toda la vida.
Incluso recuerda una costumbre que Carlos tenía y que nunca perdió con el paso de los años. Era muy alto y, cada vez que se reencontraba con sus amigos, los abrazaba y los levantaba del piso.
«No importaba dónde estuviéramos. Si era un acto oficial, si había gente o si estábamos solos, él siempre hacía lo mismo: nos abrazaba y nos alzaba», recuerda. «Su señora me dijo en el velatorio: ‘Ya no vas a tener quién te alce'», cierra Jorge con tristeza.
San Juan. Enviada especial.
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